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María Magdalena y el huracán



Del libro Hastag Cuentos


Anunciaron que viene un huracán de gran intensidad. Lo están diciendo por todas partes y realmente tengo mucho miedo porque mi casa apenas es un barracón. Hice un recuento de mis provisiones, a decir verdad, no son muchas: tengo agua, un poco de arroz en una jaba chillona y el pan que dieron esta mañana en la bodega. Si todo se moja como supongo que sucederá no habrá leña que encienda así que, ni preocuparse con cocinar… Además, tampoco habrá luz. De mis pertenencias ni hablar, no tengo casi nada, la colchoneta si se empapa, bueno, pues la pongo al sol para que se seque, ¿qué otro remedio me queda, que no sea seguir con la vida?

Por suerte, el huracán se irá rápido y definitivamente lo que me preocupa es la casa. Recuerdo cuando era pequeña y venían los huracanes, toda la familia se evacuaba y mientras que aquello pasaba nos quedábamos durante unos días en casa de Lucía, la amiga de mamá, que era un lugar alto y bastante seguro. El viento afuera arrasaba con todo, pero para nosotros los niños era una fiesta, con tazas de chocolate caliente, galletas de soda y algún que otro chicharrón y también masas de puerco porque mamá siempre decía que el mal tiempo daba hambre y ella y su amiga pasaban el temporal cocinando. Ahora es diferente, la familia, tras la pérdida de mamá, se desperdigó por toda la isla y hace tiempo que no sé de ninguno de mis hermanos. Y yo me quedé aquí sola, vieja, soltera y vieja sin más riqueza que este tinglado que no creo que aguante.



Les cuento, pasé la noche en casa de Remberto y la mujer porque todo se puso muy feo. La ceiba casi se quedó pelona, sin hojas ni ramas; hay tantas palmas en el piso que es un horror, la mata de aguacate de mi vecina, con todos los aguacaticos que traía, está tumbada en el suelo. Los plátanos que tenía sembrado Quitim, todos, están acostados y no hay manera de que pueda salvarlos.   No hay electricidad ni agua desde las seis de la tarde de ayer en que comenzaron las ráfagas fuertes. En fin, es una gran tragedia. Pero mi casa está en pie, apenas el techo de la cocina sufrió algún daño y unos palos que sostenían el portal salieron volando. El huracán fue tan fuerte, que debo decir que para mi suerte levantó el piso de la terraza, dejando al descubierto una caja y dentro de la caja hay muchas monedas de oro. Sí, ya no tendré que preocuparme jamás por mi casa ni por los huracanes…



—¡Por Dios!, alguien que vaya y saque a esa mujer de ahí. ¿Cómo es posible que no se haya evacuado? Y ¿qué es lo que está haciendo?

La mujer que habla está aterrada, las ráfagas de viento son cada vez más intensas, la lluvia casi no deja ver de tan fuerte que es el aguacero, pero definitivamente, María Magdalena, la loca del pueblo, con sus casi setenta años en cada costilla, está a la intemperie, en su patio, encorvada y con el agua llegándole casi hasta la rodilla, batallando por recoger cada rama y objeto que el viento arroja.







Imagen: Imagen de David Mark en Pixabay


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