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viernes, 30 de diciembre de 2016

A veces la vida

A veces la vida se te da
como al bardo
sin licencias para cantar al amor.
A veces la vida
es la tristeza sobre ruedas
jugando a ser farandulera sin aplausos
ni risas ni llanto
tras bambalina
apenas la amargura del adiós.
A veces la vida es un lamento
sordo
que recorre caminos sin tropiezos
raudo.

A veces cuando sobre la prisa
la vida alza los ojos
recuerdo que no estás
y se marchita sobre la tierra
el alma compungida
la fuerza y esta vida que un día
en tus besos
encontró el amor.
A veces la vida es apenas
un despertar sin ti
que duele
un despertar sin ti
que mata
un grito de ruego
en la nostalgia
un grito de jamás
en el dolor.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Hombrecillo de amarillo




El hombrecillo de amarillo permanecía imperturbable a pesar de que la mayoría de las miradas recaían sobre él. Quienes no lo miraban estaban absortos en el árbol de navidad en el que segundos antes había eclosionado.
Se sacudió un poco la ropa y echó a andar como si no sucediera nada. Delgado como un palillo de dientes y vestido con unos pantalones de cuero muy ajustados a su cuerpo parecía un espécimen humano, pero, no. El hombrecillo de amarillo era un extraterrestre.
Había estado alojado desde hacía meses junto a otros congéneres en el reloj que cuelga del Aeropuerto Internacional de Savannah-Hilton Head. Allí lo vino a tener su madre una de las aliens más despreocupadas que jamás se háyase visto en estos contornos.
Fruto de una confusión alienígena, tras el nacimiento fue forzado a pasar una temporada en una figura lo más parecida a un huevo de flamenco, animal terrícola de patas rosadas que, por estos días, ha estado haciendo aparición en el estacionamiento del aeropuerto.
¿Qué hacían los flamencos por esta parte del mundo? Es lo que le corresponde averiguar al minúsculo hombre que ahora se ajusta las gafas oscuras y comienza su impetuoso avance sin hacer demasiado caso a la lectura que le plantean sus tentaculeetos.
Minutos más tarde y tras la llegada de la prensa la gente no atina a otro asunto que no sea tomarse selfis frente al árbol de navidad y transmitir en Facebook Live el acontecimiento de la eclosión.
A pesar del cordón de seguridad, de los llamados de atención sobre lo peligrosa de la zona, porque se esperan otras eclosiones, los amantes de los teléfonos “Smart” no se despegan de sus aparatos.
El hombrecillo de amarillo ya está afuera y puede divisar a los flamencos que en grupos de trece rodean a los vehículos aparcados a escasos metros de la pista de aterrizaje. Solo ahora presta atención a lo que dicen sus tentaculeetos y balbucea con voz de billones de bits:
— Es un malware. Estamos atrapados. Es realidad virtual en tiempo real.
El hombrecillo de amarillo se desmaya. A lo lejos las sirenas comienzan a sonar. Adentro la gente sigue haciéndose selfis mientras el malware busca donde esconderse.

Vengo de donde el lomerío

Vengo de donde el lomerío
es el confín
y el aroma de café
te despierta en las mañanas.
De donde una ceiba te arrulla
y el sinzonte te acaricia
de un pueblito con su río
su puente
y una presa
a la que se le escapa el agua.

Vengo  de una tierra más bella
que ninguna otra tierra
de platanales y caña brava.
Del guajiro y el asere vengo
del hermano y la hermana.
De donde las mariposas
lucen sus alas más blancas.
Vengo de Candelaria
ese terruño querido
que siempre me acompaña.
Vengo de Candelaria
pan, hambre, dolor y cielo
mi Candelaria del alma.


Por Lázara Ávila Fernández 

¿Dónde estás?



¿Dónde estás?
Bórrame el camino
la dicha, la duda
llévame lejos.
¿Dónde estás?
Sobre un escarabajo
la sombra
sobre un escarabajo
el grito.
¿Dónde estás?
Acaricio la espera, la angustia
y sin palabras rotas
la nada se burla.
Hay fantasmas gobernando
mi acera.
Hay brujas
sobre entuertos de tardes
riendo.
¿Dónde estás?
Será que no me alcanza la vida
para olvidarte
será que no me alcanza
el aliento
ni el aire
ni la risa
ni tampoco el olvido.
¿Dónde estás?
Será que es todo gris
y todo es ebrio.
Dónde estás
que anduve de noche el camino
y la luna no salió.
¿Dónde estás
que he preguntado a todos
y ni siquiera el silencio
responde?

Por Lázara Ávila Fernández 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Síndrome de abducción

Por Lázara Ávila Fernández 


La puerta se abrió y un insoportable olor a heces de gato golpeó su nariz. Hacia el costado derecho había un sofá, en la otra dirección una tele ruidosa les da la bienvenida. El hombre no hizo comentario alguno y ella solo sintió un sobresalto que le hizo llevarse las manos al estómago.
Afuera un viejo fuma mariguana.
Acomodaron de a poco el maltrecho equipaje. Habían viajado durante casi veinticuatro horas consecutivas en aquel tren de segunda.
Después de un baño y de dormir unas horas conocieron a René el otro inquilino, un hombre de unos veintiséis años de edad que habla sin parar. Se siente frustrado y se ha auto diagnosticado depresión:
–Mire, Lidia yo he trabajado toda mi vida, desde que tengo uso de razón. Y cuando yo trabajaba yo le daba dinero y dinero a mi papá. Ahora que yo estoy desplumao' él solo tiene para mi hermano que es un vago para nada y para la mujer esa que ya viene. Sí, él dice que ya viene. La está esperando... y yo sé que a ella   sí le manda dinero, a ella y a la hija que tiene con ella... No, esa no es mi hermana, ya con el hermano que tengo aquí es suficiente.
La arenga se extendía por horas hasta que cansada la mujer buscaba una excusa y se iba a su cuarto.
Afuera el viejo hacía hasta lo imposible por mecerse en una silla medio rota. Nadie sabía cómo lo conseguía, pero ahí le daban las tantas de la noche buscando la manera hasta que la silla se balanceaba. ¡Y se balanceaba!

Tres meses después el olor a heces era más soportable porque la gata, ahora parida arrullaba a sus críos en un pasillo exterior. René la alimentaba.
La mujer salía a diario con la esperanza de que apareciera su oportunidad.
–¿Tiene transporte señora? ¿No?, bueno, llámenos cuando haya conseguido un transporte real.
–¿Es bilingüe señora? ¿No?, entonces, lo siento la posición es solo para personas perfectamente bilingües.
Los estafadores estaban a la orden:
–Puedes comenzar ahora mismo, pero, no te puedo pagar. Yo sé que tú vales. Pero, míralo así trabajando conmigo ganas en experiencia, aprendes, te empapas de todo. Yo comencé de esa manera...

El 24 de agosto se hubieran cumplido tres meses y medio de haber llegado a aquella casa. La noche anterior había sido calurosa a pesar del aire acondicionado. Y la gata quiso abrir la puerta de la habitación donde Lidia y el amante descansaban.
Afuera el viejo escuchó los maullidos. Y llamó a René para avisarle de que la “misu” estaba adentro. Luego recordó que éste no regresaría hasta el siguiente día. Entonces, pensó que si la pareja no escuchaba a la gata era porque ambos estaban profundamente dormidos; así que siguió en su habitual guerra con la silla y el pitillo de marihuana.
A eso de las tres de la madrugada el viejo decidió irse a descansar. Estaba oscuro. Ya no escuchaba a la gata.
–Se calmó–, pensó y farfulló algo ininteligible.

A la mañana siguiente, cuando llegó la policía René era un manojo de nervios, apenas balbuceaba alguna palabra. Fue él quien encontró la sustancia viscosa en el suelo.
Dentro era un caos. Había arañazos por todas partes. De los cuerpos no había rastro. Solo una mancha repugnante y maloliente.
Tres pares de ojos pequeños y asustados buscaban a la madre, –desde el flanco izquierdo de la puerta de entrada.
Las sirenas rugían. Los agentes de policía se veían nerviosos. El viejo salió al pasillo medio adormilado.
Poco después cuando fue llamado para brindar su testimonio, la Jueza del Condado desestimó su declaración alegando “síndrome de abducción”.
René fue hallado culpable.

Publicado originalmente en El Regreso