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José, el limpiador (del libro Hashtag Cuentos)




José es un hombre diferente a todo lo que conozco. Y muchas veces me he preguntado cómo se las arregla para vivir. Reúne las condiciones necesarias para sentarse en una esquina cualquiera y pedir limosna. Sin embargo, no lo hace.


¿Qué edad puede tener? Siempre que lo veo me hago la misma pregunta. Pero es difícil de responder. No creo que sea mayor que yo, que ando en mis treinta, pero se mira mucho más viejo.

Tiene agrietados los calcañales de andar descalzo. Y las uñas de los pies largas y sucias. Generalmente no usa camisa y si lo hace entonces viste una que es un ripio mugriento que le sirve para cubrirse un poco.  Pocas veces lleva pantalones, la mayor parte del tiempo anda en short.

Habla con cierta dificultad y se expresa como una persona que tiene retraso mental, pero es capaz de cumplir cualquier tarea por dura que sea.

José limpia los patios, barre las calles, y hasta tiene un trabajo fijo como recogedor de basura. Hace unos días le pedí que viniera a hacerme un trabajo en la casa.

Al fondo, hay un pozo ciego, en el que durante años se ha echado basura y hasta los residuos del baño van a parar allí a través de una zanja. El asunto es que parece que el foso no aguanta más y se ha vuelto impermeable, entonces las aguas albañales están inundando el patio. La fetidez es insoportable. Hace falta limpiarlo para que la suciedad corra y se aligere el ambiente. Él vino primero a ver en qué consistía la faena y luego regresó con una pala, un pico y una carretilla para sacar los escombros. No trajo guantes y yo tampoco tenía ninguno para ofrecerle.

Comenzó a trabajar temprano. Al mediodía, todavía continuaba dando pico y pala y sacando carretillas de tierra ennegrecida y fétida. Yo no tenía mucha comida qué darle, pero en medio de la pobreza hice algo de arroz blanco, compré un poco de fríjoles cocinados y unos plátanos maduros…

El asunto es que le preparé algo de almuerzo para ayudarlo con aquello y que repusiera energías. José sudaba. Tenía tierra y suciedad de una punta a la otra de su cuerpo. 

Le pedí que se lavara las manos antes de alcanzarle el plato de comida y el agua. Se sentó en lo que quedaba del brocal del pozo, me miró fijo y me dijo:

—Na… ¡venga!

Se comió aquello, sin lavarse las manos. El pobre tenía hambre.












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