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Escenarios de inmigrantes, en dos novelas: "La trampa" y "Llorar no cuesta", de la autora cubana Lázara Ávila Fernández (Fragmentos)

Primer fragmento de la novela "La Trampa"


Capítulo XII


El elegido de Dios



He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría, Salmos 51:5-6




—Siempre recuerdo las caras, aunque por estos tiempos de tanto cubano por aquí trato de ni mirar.
Le comentó que antes de pasar la frontera fueron interceptados por las autoridades y que todos los cubanos pagaron, a cincuenta por cabeza. La muchacha también.
David entonces se siente algo menos inquieto. Fija su vista en el panorama que se deja ver a través de la ventanilla. Su pensamiento lo transporta lejos, al momento en que su padre con él en brazos subió a un catamarán, El Virginia. Era del dueño del periódico local, quien le tenía a Emiliano una gran estima porque cuando a la niña más pequeña le dio la primera convulsión, él estaba en la casa y gracias a su rápido actuar aquello no terminó en una tragedia… Entonces cuando comenzó a pensar en    abandonar Cuba, porque aquello estaba oliendo demasiado a comunismo, y enrumbar su destino y el de su familia hacia los Estados Unidos, le dijo a Emiliano que podría acompañarlo. 
Quizás de tantas veces escuchárselo decir al padre es que David recuerda incluso al Virginia moviéndose peligrosamente en alta mar. Fue una travesía de tres días, muy dura, debido al mal tiempo.
—El día que llegamos nacimos…  el mar daba miedo —decía el padre y comenzaba a relatar la odisea vivida. Hablaba de la marejada fuerte, peligrosa incluso para un barco como El Virginia; del pánico de las mujeres, del aplome del dueño a pesar de la gravedad de la situación. Y de la llegada finalmente a cayo Marathon, en La Florida el sitio que después se convertiría en punto de encuentro para ellos.  David recuerda el sacrificio del padre para abrirse paso. Y sus propias dificultades porque a pesar de los esfuerzos de Emiliano por ser sostén y ejemplo para el hijo, David no siempre actuó en correspondencia. Y su vida, no obstante el dinero hecho, ha sido como un cachumbambé, a veces arriba, a veces muy abajo sobre todo cuando la cocaína y el juego significaban la puerta abierta a sus dudas y no encontraba nada a lo que asirse y que le permitiera tomar el control. Si hay algo que le debe a Anay es el haberlo ayudado a salir del foso en que estaba cuando comenzaron a verse. Ella consumía tanto o más que él. Y no fueron pocas las veces en que tuvo que llevarla de urgencia al hospital. En una de esas idas y venidas en que casi muere ambos se prometieron apoyarse y salir juntos de las drogas y del juego. Fue ahí, a partir de ese momento en que además de amantes se convirtieron en amigos, en confidentes por eso ahora extraña tanto su presencia… Le parece verla en el rostro de la muchacha que está sentada a su izquierda en el pasillo, ella se ha volteado un poco y le sonríe.

Por fin llega a Turbo donde tiene la esperanza de encontrar a Fernanda. Pero, no, allí tampoco está, aunque uno de los que le propone llevarlo de manera segura a Estados Unidos le dice que sí, que ha visto a una mujer como la de la foto, que se fue con Mike y un grupo de unos catorce entre hombres, mujeres y niños. Había cubanos, africanos, haitianos y hasta asiáticos le dice.
—Ellos no se detuvieron a descansar, seguramente ya están en Capurganá, — le cuenta mientras alienta a los del bus a irse con él.
David decide avanzar solo. Él es muy bueno en eso de orientarse y tiene un mapa de la región en su mente. Así sucedió cuando en el verano de mil novecientos ochenta y tres quedó separado del grupo durante el ascenso a la montaña Picacho del Diablo, el pico más alto de Baja California. Su instinto le permitió sobrevivir y finalmente llegar a un punto donde fue encontrado por los rescatistas y esa no fue la única vez, en su afán de escalar los picos y montañas más altos del mundo los imprevistos y sustos han sido muchos. Solo que después que su padre se enfermó él se alejó de sus viajes y excursiones y ahora se siente menos en forma. Hace un resumen de sus energías, y determina que no se está cansado a pesar de las horas sin dormir, y de lo poco o casi nada de alimento consumido.  La muchacha por lo visto optó por el plan B, el de avanzar hacia Estados Unidos en caso de que algún percance surgiera. No estaba en la morgue ni en ningún hospital de Quito…
Después de conseguir un salvoconducto, David logra un lugar muy apretado en una barcaza que lo conducirá a la frontera. En el muelle un hombre corpulento que le recuerda a su padre por el color de la piel y por las manos grandes, cuenta a los pasajeros. Viste una camiseta marrón que en la parte delantera tiene incrustada una bandera americana y el short de color oscuro con bolsillos a ambos lados, aunque es de un material fuerte se ve raído por el uso. Huele mal, a gente sudorosa que se ha bañado poco, el mismo no lo ha hecho desde que salió; por eso cuando por fin la embarcación surca el agua se siente algo aliviado cada vez que su piel es humedecida por las salpicaduras.  Sin embargo, el viaje de unas dos horas le parece una eternidad y ante cada golpe de la embarcación contra las olas imagina lo que habrá experimentado Fernanda, su susto, su temor. No hay otra forma de llegar a Capurganá, aunque pudo tomar un vuelo chárter, pero obsesionado con encontrar a la muchacha en alguna parte del recorrido, descartó esa posibilidad. Capurganá es una población ubicada entre el Tapón del Darién, la selva, sus pantanos y   las playas de arena blanca con agua de color turquesa del golfo de Urabá. En la región no hay carreteras. Y la gente se mueve en bicicleta, burros o motocicletas.  Es un paraíso ideal para cualquiera que no esté haciendo la ruta de los migrantes
David confía en que Fernanda no haya salido aun de Puerto Obaldía, en que no se haya adentrado en la selva. Él sabe muy bien que es peligroso. Por lo que necesita encontrarla antes de que haya salido, entonces cambiará la estrategia y harán juntos el resto del camino hasta México, donde moverá a sus contactos para pasarla sana y salvo al otro lado de la frontera tal y como lo había planeado.  

La desesperación se apodera de David, una mujer le dice que vio a una cubana parecida a la de la foto adentrarse en la selva. Iba en un grupo muy diverso, pero era la única con ese pelo negro, hecho una trenza y amarrado con un cordón de zapato:
—Claro que era ella, yo hasta le pregunté de qué parte de Cuba era y me dijo que, de Candelaria, Pinar… Yo no he podido moverme de aquí por mi pierna, en cuanto me mejore cojo el trillo, yo también.
Ya no tiene dudas. Fernanda debe estar en alguna de las trochas que abren con machetes y a cuerpo limpio los migrantes. Hay cubanos entre la gente que no es de la zona, aunque también distingue a personas de otras nacionalidades.  Un coyote está preparándose para entrar a la selva panameña de Darién, conducirá un grupo de unas cincuenta personas, cada uno ha pagado a razón de veinte dólares por cabeza.  David le regatea al hombre, no sabe por qué lo hace, pero le regatea y solo le da quince. Se suma al grupo. En la espalda lleva una pequeña mochila con lo imprescindible para el camino, agua y unas galletas que compró en un puesto abierto a pesar de la hora. No necesita más.  Serán unas doce horas diarias de caminata a través de la selva hasta La loma de la muerte, allí el coyote los dejará y ellos tendrán que seguir solos, después deberán mantenerse cerca del cauce del río y tener mucho cuidado con las crecidas repentinas que son mortales, dice el coyote, aunque la gente en su excitación no entiende exactamente la dimensión del peligro.  David sí, él sabe que con cada paso que dé se estará adentrando al infierno de la jungla.
Una mujer tiene a una niña en brazos que llora todo el tiempo. En el grupo va una familia completa o al menos eso le parece a David. Está compuesta por tres muchachos de entre diez y catorce años, una mujer que parece ser la madre, el esposo probablemente y un anciano…  David los ha estado observando y en realidad no cree que el hombre viejo pueda terminar el viaje a pesar de su buen talante… Siente pena por todos y cada vez que de reojo mira al hombre sabe que detrás del empecinamiento de mantener encendido el cabo de tabaco que no se quita de la boca, hay miedo a la selva y a lo que está por venir.  Lo mira y le parece ver en sus labios arrugados y medio azulados por la falta de aire al padre, quien al final de sus días comenzó a padecer de palpitaciones que los médicos no pudieron más que aliviar hasta que aquello lo venció.
Un perro de hocico chato ha estado merodeando al grupo, quizás en busca de comida, pero nadie le presta atención.  Cuando finalmente salen son casi las cinco de la madrugada. David se repite nuevamente que tiene experiencia y que alcanzará a Fernanda… A paso firme se adentra en la selva, no va ni muy a la cabeza del grupo ni tampoco en la retaguardia. Por momentos ayuda a la mujer que carga a la niña pequeña.  Los zapatos de ambas no son apropiados y continuamente se lastiman los pies. Muchos consiguieron botas con los locales, pero ellas no. La gente en el poblado fue hospitalaria, a pesar de que ya sienten la escasez de alimentos, agua, transporte y los hostales están a su máxima capacidad debido a la presencia de cubanos.

Han caminado durante más de diez horas, haciendo recesos muy cortos, en medio de una jungla espesa que prácticamente no permite ver el cielo. La humedad y el calor se suman al cansancio causado por la marcha, por las mochilas a la espalda, por el pánico que provocan los sonidos que llegan desde la copa alta de los árboles, desde el mismo suelo, desde la enmarañada maleza.  Una y otra vez el guía les dice que no se separen ni siquiera para lo más urgente.  Van en fila, uno tras otro pisándose los talones, ayudándose como pueden, impulsados solo por el instinto de la supervivencia. La selva es fría, húmeda, lluviosa, desconcertante. A cada paso esconde un peligro diferente. Los hombres y mujeres que avanzan van inmersos en sus pensamientos, resueltos a pesar del cansancio, del dolor que dejan las ramas de los arbustos en las piernas, en los brazos, en el rostro. Enfocados en mantener el paso a pesar de la sed, del hambre, de los animales y de los hombres.  Por suerte no ha llovido, de llover las culebras asoman la cabeza y son una amenaza casi siempre mortal, dice un hombre que va detrás de David.
Es la segunda jornada, una laguna de lodo los sorprende…  Las ropas están mojadas, los pies desacostumbrados a la rudeza de las botas están magullados y luchan por no quedarse en el fango que a veces les llega hasta la rodilla.  Y la jungla, pareciera que no termina jamás. En el camino también han tropezado con árboles tumbados en el suelo, a los que han tenido que sortear, haciendo más demorada la travesía. La jungla se siente en la cara como látigo, como fierro encendido, quema… A veces la única pista para avanzar es el rastro que han dejado los que pasaron antes: botellas de bebidas energizantes, zapatos de hombre y de mujer, un pañal usado quién sabe si por un niño o una niña; y los muertos.
A las tres el guía dijo que descansarían por unos treinta minutos, pero la presencia de la muerte los hizo caminar durante una hora más. Los restos humanos, el olor de la muerte los obligó a redoblar la marcha, algunos iban con lágrimas en los ojos, otros aguantándose el dolor, suponiendo que cualquiera de ellos podría ser el próximo que la selva engullera.
La voz del coyote por momentos es demasiado lejana como para llegar a todos. Caminar sin ver en medio de la tupida maleza, guiándose sobre todo por su instinto, por lo aprendido de tanto hacerlo en los últimos meses, con gente de diferentes nacionalidades, creencias y costumbres, no es una tarea para flojos, hay que tener los pantalones bien puestos y estar muy a la viva para no quedar en el camino.  Por horas escondidos entre la maleza, por horas a paso doble, exigiéndole a todos que se apresuren, que no se separen demasiado, que no se queden atrás, mientras la fumada de la «yerba» lo exonera de toda culpa o responsabilidad. Que él no es Dios, ni gobierno para pensar en los muertos que inevitablemente el trayecto cobra y que la vista inoportuna se empeña en querer ver, incluso, en medio de la oscuridad cuando las ráfagas de luz de la linterna obstinadamente descubren algún cuerpo o a la bota le toca tropezar con algún resto humano. Pareciera que está acostumbrado a la muerte que se cierne a cada paso, pero no, él no se ha acostumbrado, por eso fuma la yerba para olvidarse de la selva y de su olor a putrefacción, para cuando la forma grotesca de un cadáver en descomposición le invada la retina poder respirar hondo y seguir. Este no es un oficio para gente floja, escrupulosa y todos los que le siguen con dificultad, lo saben.

Después de la cuarta noche están a unas escasas horas del último impedimento natural La loma del diablo, la que tendrán que escalar solos, el trato es hasta ahí.  Eso les ha repetido una y otra vez el coyote y la mayoría, aunque quiere mantener el paso marcado por el hombre siente que no puede, que se queda atrás por lo que los descansos se hacen más frecuentes y el coyote se enoja con los hombres y con la naturaleza.
Ojerosos por la falta del sueño, por el cansancio pareciera que están próximos a derrumbarse…

La Loma de la muerte, del diablo está ahí. Llegaron a ella cansados, fatigados, con el tiempo justo para hacer un alto antes de embarcarse en la subida. A David le parece que el grupo ha mermado en cantidad, que al menos uno de los africanos que venía quejándose de una herida en su pierna no está, tampoco una cubana que comenzó a vomitar en uno de los descansos que hicieron ni el anciano. La última vez que lo vio estaba rodeado por la familia y uno de los muchachos se había abrazado a él… Lloraba.   Hay quienes quedaron en el camino o están muy retrasados, piensa y comienza la subida. Es una pendiente demasiado perpendicular, no hay prácticamente nada de qué sostenerse. La gente es solidaria, se apoyan los unos a los otros. Hacen puentes con sus manos, ofreciéndoles sostén a los más débiles. Una mujer está tan extenuada que dice que no puede continuar…  El cadáver de un hombre sobre la roca sobresalta a David. Es un espectáculo dantesco, surrealista que aturde los sentidos de los que como él no les ha quedado otro remedio que bordearlo para continuar avanzando.
Dos zancadas más casi a rastras, sosteniéndose de la nada y una joven que a solo un paso de él resbala, cae.  Él intenta agarrarla. Todo es un torbellino brutal de pies que yerran y tropiezan. Ni raíces ni plantas para sujetarse, solo el filo de la roca a la espera. Y en medio de las tantas vueltas, el cuerpo de la mujer allá abajo. Y David, David que se golpea la cabeza con fuerza cuando está a punto de alcanzarla. Luego solo el silencio en forma de mortaja que estremece a los que han llegado a la cima y el desafío que aún no termina, al menos para los que han llegado vivos. 
Segundo frgmento de la novela "Llorar no cuesta", de la autora cubana Lázara  Ávila Fernández




Capítulo: Moyuba el eri mi


Al segundo día de estar en el mar, absolutamente a la deriva, hubo un mal tiempo que los obligó a sacar agua hasta con las manos. La lluvia y el viento amenazaban con hundir la embarcación. Las olas comenzaron a barrer todo a su paso. Al principio las mujeres gritaban y se agarraban unas a las otras con fuerza, pero después tuvieron que sobreponerse al pánico y ayudar a los hombres.
Un golpe de ola sacó a Lázaro quien se había pegado mucho a la proa tratando de salvar unas provisiones. En menos de un segundo el mar se lo tragó sin dejar rastro y sin que nadie pudiera auxiliarle.
Mujeres y hombres se quedaron en silencio, empapados en agua y con el temor reflejado en los rostros, atónitos en medio del desastre. Cualquiera de ellos podía ser la siguiente víctima. A unas brazas del bote creen ver un cuerpo. Es un segundo, ya después solo es el mar y las olas que continúan altas.
Cuando el mar se calmó cada uno de ellos se refugió en su mundo interior tratando de comprender lo que había sucedido. Habían perdido a un hombre. Y se habían quedado sin nada de provisiones. No tenían la menor idea de qué tanto los había alejado la tormenta de su ruta.
No tenían la menor idea de las estadísticas: uno de cada cuatro cubanos morirá en el intento de abandonar la Isla por mar. Uno de cada cuatro sin importar el sexo, la edad o el color de la piel.

Sin agua nadie sobrevive. A ninguno se le ocurrió amarrar al menos una vasija con el líquido potable a la embarcación. Noventa millas es la distancia más corta que separa a Cuba de Cayo Hueso. Una distancia que es posible recorrer hasta en una piragua si se quisiera. Desde donde ellos salieron es solo un poco más.
Pensaron que sería embarcarse y llegar. Por primera vez sienten miedo. Un terror que les pone la carne de gallina. Mantenerse con vida es ahora el principal objetivo. Y para ello necesitan estar unidos.

Han transcurrido veinticuatro horas desde que la tormenta los dejara sin provisiones ni líquidos. Desde que Lázaro fuera tragado por el mar. Durante ese tiempo los hombres: Andresito, Remigio y Miguel Ropa Vieja han hecho hasta lo imposible para reparar el motor. Se sienten agotados, con sueño y sed. El aire es húmedo y denso. Arriba el sol calienta fuerte.
Tienen una discusión por un poco de agua que en medio de la tormenta Cacha logró proteger. Ninguno de los hombres está en sus cabales y los tres viajan armados. Miguel porta una navaja, Remigio y Andresito un cuchillo. Se insultan, se van a las manos…
Solo se calman cuando se dan cuenta de que Miguel Ropavieja ha sido herido y está perdiendo sangre. No saben qué hacer.
Cacha le hace un torniquete a mitad del antebrazo con un pedazo de blusa que Teresa le alcanza. La sangre al fin se contiene.
Al siguiente día Teresa desde que amaneció –entre vómito y vómito– le pide a la virgen de Regla, a Yemayá que los proteja, que no los abandone a su suerte.
Ceferina muestra síntomas de deshidratación y quemaduras en los labios. Cacha está sentada de modo que su sombra le proteja la cara a su maíta. Pero el sol es inclemente. Por suerte, parece que va a llover; un poco de agua dulce les vendrá bien a todos. Miguel Ropa Vieja lleva la herida destapada. Un pedazo de piel deja ver el corte profundo y abierto. Le duele la cabeza y a ratos tiembla.

El sopor le permite a Miguel Ropavieja recordarlo todo: ha ido conociendo a Cacha, ya sabe dónde vive, está al tanto de sus horarios. Y por alguna razón que no alcanza a comprender la mujer lo trae loco.
La vigila. La ha visto con Reutelio María. El viejo le da dinero. Y ella ya no está dando viajes a La Habana y le devolvió los veinte “verdes” a Martín. El propio Reutelio la llevó a casa del hombre para que saldara la deuda y le hizo prometer que no lo haría más.
Cada vez que Miguel se acuerda de que se está acostando con el otro le reclama para que lo deje, pero ella siempre le da la misma respuesta:
–No quiero ir presa, Miguel, no quiero.
–Mil gente va y no les pasa na', y tú tienes pa' eso –le replica él –. Cuando te conocí tú estabas yendo.
–Cuando me conociste era tan terrible como ahora Miguel, ¿o será que no lo entiendes...?
–Y si de repente mi suerte cambia, ¿lo dejas? Coño, Cacha, ¿si mi suerte cambia lo dejas?
–Que no es tan sencillo, créeme que yo quisiera dejar esta vida, yo quisiera, pero no puedo –le dice, mientras se pega al pecho del hombre. Se refugia en él.
Están debajo de unas cañas bravas a orillas del río, que hace una suerte de herradura antes de llegar a la presa del pueblo. Los dos desnudos, acariciándose. Lo único que se escucha es el trino
de los pajaritos. El río está tranquilo y corre cuesta abajo con un andar pausado como para no molestar a los amantes. Hay una brisa suave que los besa a ambos, que les despierta los sentidos, que hace que las lenguas se busquen y que el sexo del hombre la penetre con suavidad. Ella se abre, lo recibe sin reparos como lluvia de verano. En un torrente de orgasmos. Más su mente permanece alerta, acostumbrada a estar a defensiva.
–No vayas más por la casa. No quiero que Reutelio se dé cuenta. Va a llegar un día y nos va a encontrar juntos y yo tengo una hija que alimentar. Y tampoco quiero que vaya a haber un muerto de por medio que en Cuba la gente no se faja a los piñazos sino con machete... y tú lo sabes.

Miguel Ropavieja está desempleado; se defiende con lo poco que gana de la pesquería. Amanece en la presa y regresa tarde. La mayoría de las veces a pie. Tiene una bicicleta, pero casi siempre está en llantas. Su madre espera hasta que él llegue para comer algún bocado que él mismo cocina. Caldo de cabeza de pescado. Hueva de pescado. Pescado con sal. Tiene que andar ligero para que la madre coma porque a veces se le queda dormida y al otro día cuando amanece no se sostiene en el balance porque, aunque todavía es una mujer joven está muy enferma. Desde que perdiera al esposo en un accidente de tránsito, cuando Miguel tenía ocho años, ella se tiró a morir y cada día muere un poco.
A veces él consigue unos plátanos y los pone a hervir junto con el pescado. Atrás quedaron los tiempos de ir al bar de la esquina y comprar un litro de leche por sesenta centavos, o uno de yogur. Ya eso no se consigue ni aparecen en ninguna parte las galletas dulces que tanto le gustan a ella. Cerraron el mercadito paralelo que había en la 31, y puede que no haya sido lo mejor, pero por lo menos aliviaba las penas.
No bebe ron ni guarfarina, no fuma, su tiempo lo dedica a la presa y a la mesa de juego. En su mente está la gran partida que lo va a sacar de la miseria a él, a su madre, y ahora a Cacha.
El juego es ilegal, le caben de tres a ocho años. Él lo sabe. Vender pescado es prohibido también, si lo cogen lo multan. No obstante, cuando no está en la presa o en la calle vendiendo se mete en casa de Cuca donde se reúne la nata de los jugadores.
A veces también la plantan en una casa de tabaco abandonada, otras debajo de alguna mata en medio del monte. El asunto es estarse moviendo de un lugar a otro para despistar a la policía y a los chivatos.

Hoy no parece ser el mejor día. Con doscientos pesos se entró a jugar, consiguió ese dinero después de tres días de pesca. Y lo ha ido dejando en la mesa. En una última jugada y más pela’o que un coco la suerte comienza a gratificarlo.
Hay tres cartas viradas boca arriba y Ropavieja tiene igual cantidad en sus manos. Después de los tres descartes y antes de que se pidan nuevas barajas es su turno para hacer la apuesta.
Tiene sed. Suda. Antes de apostar saca dos pesos guardados debajo de la planta del pie y le pide a Lola, la mujer de Evaristo que le alcance un refresco de botella. Ninguno de los hombres bebe ron allí. Se cuidan de problemas para evitar que llegue la policía por una pelea. El refresco está frío y calma un poco su sed. Pero es solo unos segundos. Un sabor a azúcar prieta o morena, como también le dicen algunos, se le ha quedado en la garganta.
–¿No tienes un poco de agua? –le pregunta a la mujer y agrega–. Ese refresco estaba demasiado dulce. Cada vez te los hacen peor.
Su padre era un guajiro de las lomas de Cándito que apostaba cada semana en las vallas de gallos. Su madre a veces jugaba una calderilla en la Lotería Nacional. Tal vez, de ahí o de la pobreza le viene a Miguel Ropavieja el afán por el juego.
Los agentes de la policía llegaron en silencio, ninguno de los jugadores se dio cuenta. El trayecto hasta la unidad es difícil, en medio del polvo que entra por las ventanillas de la patrulla. A Miguel Ropavieja se le ha secado el gaznate, está consciente de lo que viene. La sed es insoportable. Siente que tiene fiebre. Cada vez que está asustado le da fiebre.
La propuesta que al principio no acepta, lo sorprende. Le piden que trabaje como informante. Saben todo sobre él y entienden que es un buen prospecto.
La conversación fue larga, solo entre él y un instructor nuevo llegado de Pinar del Rio. Por lo visto el hombre tiene un gran conocimiento de la zona. Necesitan de alguien como él que infunda confianza, que se conozca cada rincón y además que ya tenga cierta fama de merolico y de marginal. Y eso se la ha ido dando la venta ilegal de pescado y el juego. No estará solo, tendrá apoyo todo el tiempo.
Si él acepta su primer trabajo será ayudar a limpiar el municipio de banqueros, pero le tienen reservada una misión más importante: entrará a trabajar al matadero de res porque hay que detectar por dónde es que está saliendo la carne. Recibirá entrenamiento y toda la preparación que necesita.

–No podía decirte en lo que andaba ni siquiera el día del entierro de mamá que solo pudiste pasar por la funeraria un segundo como una más. Ese fue el peor de mis días. Cogieron y metieron preso a medio mundo de la gente que jugaba silo, y también a Teté la banquera y a Filipito. Y yo en la funeraria velando a la vieja, y la gente que había sido mi gente presa por mi culpa. Pero, ya estaba monta’o en el burro y tenía que seguir dándole palos.
Quise morirme cuando entró Remberto, el esposo de Teté, y me dejó cien pesos para lo que me hiciera falta. Yo no quería aceptar ese dinero ni los veinte pesos que me trajo Adolfo, el hermano de Filipito. Pero tuve que morderme la lengua y cogerlos.

Cuando Reutelio comenzó a preparar el hurto en complicidad con el administrador, el matarife que estaría esa madrugada era él. En lo que el administrador y su hombre de confianza tiraban los maletines, Miguel Ropavieja llamó a la policía. Ese era el plan, había que coger a la gente infraganti. Él no sabía que Reutelio María era el que estaba detrás de la cerca.
–Lo otro tú lo sabes, Cacha –le dice Miguel a la mujer mientras que el miedo a morir allí en medio de la nada lo hace sentirse con fiebre.
Ella lo ha escuchado sin decir palabra, apretando las manos. Deseando que su mala suerte se aleje. Deseando ver alguna señal de tierra firme a lo lejos y no un horizonte que se confunde cada vez más con las aguas calientes que les rodean.
–Cállate, por Dios. No quiero saber. Ahora no quiero saber, cállate –le dice y la voz le sale agria, seca por la sed y el hambre.
Todos han prestado atención. El mar ruge y las palabras del hombre rebotan entre ola y ola. Remigio y Andresito lo miran con odio, con un rencor salido de los días de lucha y de hambre en los que conseguir un plátano para poner a la mesa era ser afortunado. Se incorporan y a una voz se lo arrebatan a Chacha y lo tiran al mar.
Atrapado entre las olas queda Miguel Ropavieja, el pescador, el hombre de la presa que no le teme a nada ni a nadie, salvo a la cárcel.
Intenta respirar, intenta bracear hasta la embarcación, pero en la cubierta Remigio y Andresito no van a permitirle que suba. Han tomado el control y es en serio. El agua salada se le mete en cada poro. Le arde sobre la herida abierta. Las mujeres están sobrecogidas de terror. Una corriente se encarga de él y lo aleja. Irremediablemente lo aleja.



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