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De la novela "Llorar no cuesta"

Capítulo XIMoyuba el eri mi




El mar asusta sobre todo si se va a la deriva en una embarcación rústica, sin comida ni agua. Perdidos.
Decirle a alguien en Cuba me voy a tirar al mar es un problema mayúsculo. Esa confesión motiva que la balsa, el bote o lo que se tenga a mano se llene de gente, incluso antes de que esté listo.
Y si las salidas ilegales no son todavía enormes ni han provocado una crisis es porque las costas están muy bien custodiadas y a quien sorprendan en el intento le toca cárcel. Además, quienes se arriesgan lo hacen en el más estricto secreto.


Teresa Clinger trajo mucho dinero lo más escondido posible. La mayor parte en dólares americanos y en billetes grandes. La otra, en moneda nacional que es el peso cubano.
–Hay que estar preparado para lo imprevisto –dijo.
Tenían que ser cautelosos porque la policía continúa revisando las pertenencias de los viajeros tanto a la salida como a la entrada de cualquier municipio. Los agentes buscan carne de res, langosta, granos, jabón, luz brillante; decomisan todo lo que signifique negocio ilegal o mercado negro.
Lo incautado no siempre va a parar a la estación de policía ni a un hogar de ancianos o círculo infantil, sino a la casa del oficial que como cualquier otro cubano pasa penurias y hambre. Es un juego sucio de sálvense quien pueda. Una economía distorsionada, fraudulenta.
Como ellos se dirigen a Puerto Esperanza y pudieran ser inspeccionados en las proximidades del Reparto Hermanos Cruz e incluso en la misma Terminal de Ómnibus no quieren levantar sospechas por lo que deciden hacer el recorrido con lo necesario, como quien va a pasar unos días con la familia.

La Clinger tenía el viaje preparado desde hace meses. Cuando confirmó el paradero de Ceferina y Genaro hizo algunos contactos. Según ella arregló cada detalle.
En realidad, siempre estuvo lista solo que sin decir ni media palabra a nadie. Todo en el más estricto sigilo. A la espera de que realmente le hiciera falta, de que sus orishas le indicaran, de que sus muertos le dijeran.
Ella no irá a la cárcel por sobornar al juez Edulterio ni por asunto de divisas.
Salir de Cuba ha sido en su caso una idea fija, atormentadora desde que primero la hermana y luego la hija se fuera. Una idea engordada con cada vicisitud vivida, con cada instante del Período Especial sobre sus espaldas. Con cada lágrima vertida antes, durante y después del juicio que le hicieron. Ella nunca le ha robado nada a nadie porque el dinero con el que hizo su casa se lo puso la hija en la mano. Ella no lo robó. Tuvo que “inventar” para cambiarlo por cuenta de las leyes en el país sobre la tenencia de divisas, pero nunca le ha robado nada a nadie.
Sabe que en Miami se habla mucho español, así que puede poner a sus santos allí y vivir. Vivir libre.
A Reutelio le insinuó algo de lo que estaba maquinando, pero no se decidió a contarle los detalles porque en realidad él se mantuvo reacio a escucharla. Ella le hablaba de planear una vida juntos; y él de seguir tal cual estaban.
Al fin y al cabo, si él no quería vivir con ella en Cuba pues que se quedara. Así lo pensó muchas veces antes de que cayera preso. Así lo sigue considerando ahora mientras la embarcación se agita un poco por el movimiento fuerte de las olas.
Lo ha perdonado tantas veces, que cuando supo lo de Estela no le fue difícil disculparlo. Aquello era agua pasada y fue responsabilidad de Estela, solo de ella, el haberse dejado seducir por un desconocido que iba de tránsito.
Le da pena saber que el destino del hombre en los siguientes meses y tal vez en años será tras una reja o cuando mejor en el Cuajaní haciendo trabajo correccional con internamiento. A ella le hubiera gustado ayudarlo, mover sus influencias y dinero, pero el aviso que recibió cambió todos sus planes. Con lo que realmente no contaba era con el hecho de que Cacha, y Miguel Ropavieja se fueran con ella.

Siempre quiso poner agua de por medio y si antes no lo había hecho había sido por la creencia predominante en el país de que los negros en Estados Unidos son perseguidos y discriminados. Esa historia también la conocía de boca de su difunto esposo; y la había paralizado. Su hija le explicó:
–¡Ay, mamá! eso es como todo. Aquí solo cuentan las porquerías de allá y allá las de aquí. Ni todo es como dicen allá, ni todo es como dicen aquí. Cuando puedas verlo con tus propios ojos, vas a darme la razón. Y vas a ver, mamá, que cualquier parte del mundo es mejor que esto.
Después la hija ya no regresó y eso la contuvo. Le parecía que debía esperarla que alguna vez iba a volver. Le preparó el mejor de los cuartos para que cuando llegara tuviera un sitio donde descansar y reponerse del estrés que le provocaba el viaje.
Antes de llegar al pueblecito tropezaron con un retén cerca del Consejo Popular San Vicente que pasaron sin mayores contratiempos gracias a que Cacha nunca había cambiado la dirección en su carnet de identidad, para los efectos vivía en la zona. Los acompañantes pasaron como familiares que se iban a estar unos días en la playa con ella.
Llegaron a casa de Ceferina, a instancias de Cacha quien en el último tramo dijo que quería ver a su maíta. Al fin y al cabo, equivocada o no, había arriesgado y dado todo por ella. Y hacía ya mucho tiempo que no la veía como para desaparecer sin despedirse. Además, quería que supiera que había dejado a la niña con la abuela, con la madre de Fernando.
Hubo abrazos, llanto. Ceferina se haló de los pelos. No podía creer lo que Cacha le estaba contando. Le pidió perdón hincada de rodillas por no haberla protegido lo suficiente, por no haberla cuidado lo bastante. Esa noche durmieron juntas como madre e hija.
Al amanecer Ceferina decidió que se iría con ellos. Dijo que estaba cansada del calor, de los apagones, de vivir en la miseria y que de morirse en esas condiciones era preferible ser comida por los tiburones.
Después de aquella proclama hubo una discusión entre ella y la Clinger:
–Coño, Ceferina no me hagas esto, lo último que yo necesito es un asilo de ancianos ambulante; y además tendría que cargar con ese también –dijo señalando para Genaro y mirando con recelo a Remigio que con los brazos cruzados y recostado a la pared no pierde ni un detalle del asunto.
–Cuando yo acepté a Estela conmigo sin ser na' mío tu madre no protestó tanto. Yo me merezco una vida mejor –le grita–. Me merezco morirme en un la'o más decente que este.
–Esos son trapos sucios, Ceferina. Y no es mi culpa.
–Nadita de eso. Que tú lo ves muy fácil. Esa, esa yo se la críe a tu hermana como mi hija. Es más, pa' mí siempre ha sido, es y será mi hija.
Ceferina respira hondo, tiene las manos aferradas al respaldar de un taburete. Mira a Cacha que ha permanecido escuchando y dice:
–Yo me equivoqué por lo que haya sido... ¡Pero esa es mi hija!
–¿Y pa qué te quieres ir ahorita, ¡coño!? Tú no eres boba, y sabes que no está aquí por ti. No nos van a coger. Yo tengo mi santo bien claro, no va a pasar na'. Ella después va a poder venir un día.
El insulto lacera, le duele a la mujer. Ella sabe que no actuó bien con su muchachita, pero de ahí a que su niña no la quiera después que supo la verdad. Eso es más de lo que puede aguantar. Además, por más que Teresa diga que Cacha es su sobrina, luego de escuchar la historia contada, no cree que sea una buena compañía para su niña que ahora mismo toma cartas en el asunto.
–No hables por mí, Teresa, si maíta se quiere ir conmigo, yo me la llevo y después yo te pago... Yo te pago cada centavo de mierda Teresa. El otro –dice mirando a Remigio–, si también se quiere ir que venga. Después que se las arregle contigo y a pa lo dejamos con alguien.
Genaro quedó con una vecina, no podían darse el lujo de estar perdiendo el tiempo. Le contaron un cuento chino a la mujer, le dijeron que Ceferina tenía que ir a la Habana a hacerse unos análisis y que solo les iba a tomar dos días.
Para convencerla y que aceptara Cacha le dio dos mil pesos, previo acuerdo con Teresa Clinger, quien sintió pena de dejar al hombre solo a su suerte.
Cuando la vecina vio tanto dinero junto dejó de hacer preguntas; sacó un taburete y hasta un poco de crema de vie para los inesperados visitantes. Los ojos le brillaban. En su vida nunca había visto tanto dinero ni siquiera en los domingos cuando el marido la lleva a la valla de gallos.
Dos personas más se sumaron al pequeño grupo. Andresito, un ahijado de Lázaro el santero y el propio Lázaro.

Teresa Clinger descubre que ha sido estafada, y que no cuenta con nada que se asemeje a una lancha, solo con unas tablas viejas que estaban pudriéndose en el patio de la gente que le había asegurado que todo estaba listo esperando a que ella lo necesitara. La historia que le cuentan no tiene ni pies ni cabeza, y ella se siente atrapada sin tiempo.
Por ese motivo, Ceferina y Remigio fueron a hablar con Lázaro a ver si él los podía ayudar a encontrar a alguien que los sacara del atolladero en que estaban.
Lázaro hacía rato que quería perderse de Puerto Esperanza e irse lejos. No le habían faltado oportunidades, pero cada vez que consultaba a sus muertos recibía una fuerte negativa y no se movía. Ahora iba a ser diferente.
–Cero consultas –se dijo.
Fue directo a hablar con Teresa porque él tenía un ahijado que estaba listo para salir. Solo que estaba buscando una fórmula que hasta ese momento no se le había dado: él quería irse, quería tirarse al mar y como parte de esa jugada quería dejarle unos pesos a la familia, “pa que vayan escapando”. Él no quería exponer a los hijos a una travesía que podría ser peligrosa. Estaba seguro de que alguien iba a aparecer con la necesidad de perderse de Cuba y además con dinero. Él ponía una embarcación rústica a disposición del que le pagara y aceptara llevarlo.
Teresa aceptó el trato.
Las mujeres prepararon pescado, envasaron agua, carbón. Los hombres amolaron los cuchillos, y pusieron a tono los aperos de pesca. Teresa Clinger conversó con sus santos antes de salir. Un espíritu oscuro asistió a la ceremonia y ella interpretó que tenía que ver con Reutelio. Por lo que rezó por los presos, los enfermos y desesperados.
Se inclinó sobre la tierra y besó el suelo. Estuvo hablando durante varios minutos en la lengua de los ancestros pidiendo misericordia, salud, claridad y fuerzas para vencer las pruebas que vendrían. Su cuerpo se contorsionó y bañó en su sudor. Su voz se escuchó lejos, se elevó sobre el monte en un canto de desespero primero y de esperanza después. Alejó cada mal pensamiento, cada tristeza, cada dolor. Se irguió majestuosa, fuerte, serena y regresó al mundo de este tiempo con una sonrisa en su rostro de mujer negra que la hizo ser admirada y bendecida por quienes asistieron a la ceremonia.
Lázaro permaneció callado haciendo honor a la promesa de no pedir permiso.

La gente en Cuba vive rodeada de agua, pero marineros hay pocos, pescadores sí. Eso lo llevan muchos en la sangre desde que nacen y con el Período Especial tirar el anzuelo en los charcos, ríos y presas para luego vender lo que se captura se ha convertido en una opción para sobrevivir. Aunque el cubano se las sabe todas; y si hay que adentrarse en el mar lo hace: desafía el peligro. Así de sencillo, no lo mide lo desafía. ¡El cubano se las sabe todas!

Estaba muy oscuro y debían sortear al guardacostas. Por suerte, los lugareños tenían sus mañas y conocían los movimientos del cañonero. La embarcación tenía unos tres metros de eslora y la habían protegido en los costados con unas cámaras de neumáticos. Andresito –alumbrándose con un quinqué–  le puso un motor diésel soviético, justo media hora antes de salir. Lo "tomó en calidad de préstamo” de la panadería del pueblo. De allí también salieron los panes y unos palitroques. Su mujer era la administradora del establecimiento.
Él tal vez no era un gran experto en asuntos de mar y navegación, pero era muy bueno en Matemáticas. Daba clases en el seminternado y hacía rato que las cuentas no le daban. Por lo que se estaba preparando para en cuanto apareciera un loco con dinero irse él también, pero, dejando a la familia algo asegurada.
Cuando salieron a mar abierto cantaron el Himno Nacional, dieron palmas y descartaron cualquier peligro presumible. A excepción de Cacha que se miraba taciturna y encogida, todos se sentían eufóricos y los hombres un poco borrachos. Por eso ninguno se dio cuenta de que el motor comenzó a fallar hasta que paró bruscamente…
Teresa y Andresito discutieron.
–Y te creí… Me dijiste que esto tenía de to. ¡Concho! Ahora resulta que no tenemos motor.
–Lo vamos a arreglar Teresa, tú verás que lo vamos a arreglar y después te vas a arrepentir de decirme todo eso que me dijiste o tú te piensas que yo quiero esto pa mí.

Al segundo día de estar en el mar, absolutamente a la deriva, hubo un mal tiempo que los obligó a sacar agua hasta con las manos. La lluvia y el viento amenazaban con hundir la embarcación. Las olas comenzaron a barrer todo a su paso. Al principio las mujeres gritaban y se agarraban unas a las otras con fuerza, pero después tuvieron que sobreponerse al pánico y ayudar a los hombres.
Un golpe de ola sacó a Lázaro quien se había pegado mucho a la proa tratando de salvar unas provisiones. En menos de un segundo el mar se lo tragó sin dejar rastro y sin que nadie pudiera auxiliarle.
Mujeres y hombres se quedaron en silencio, empapados en agua y con el temor reflejado en los rostros, atónitos en medio del desastre. Cualquiera de ellos podía ser la siguiente víctima. A unas brazas del bote creen ver un cuerpo. Es un segundo, ya después solo es el mar y las olas que continúan altas.
Cuando el mar se calmó cada uno de ellos se refugió en su mundo interior tratando de comprender lo que había sucedido. Habían perdido a un hombre. Y se habían quedado sin nada de provisiones. No tenían la menor idea de qué tanto los había alejado la tormenta de su ruta.
No tenían la menor idea de las estadísticas: uno de cada cuatro cubanos morirá en el intento de abandonar la Isla por mar. Uno de cada cuatro sin importar el sexo, la edad o el color de la piel.

Sin agua nadie sobrevive. A ninguno se le ocurrió amarrar al menos una vasija con el líquido potable a la embarcación. Noventa millas es la distancia más corta que separa a Cuba de Cayo Hueso. Una distancia que es posible recorrer hasta en una piragua si se quisiera. Desde donde ellos salieron es solo un poco más.
Pensaron que sería embarcarse y llegar. Por primera vez sienten miedo. Un terror que les pone la carne de gallina. Mantenerse con vida es ahora el principal objetivo. Y para ello necesitan estar unidos.

Han transcurrido veinticuatro horas desde que la tormenta los dejara sin provisiones ni líquidos. Desde que Lázaro fuera tragado por el mar. Durante ese tiempo los hombres: Andresito, Remigio y Miguel Ropa Vieja han hecho hasta lo imposible para reparar el motor. Se sienten agotados, con sueño y sed. El aire es húmedo y denso. Arriba el sol calienta fuerte.
Tienen una discusión por un poco de agua que en medio de la tormenta Cacha logró proteger. Ninguno de los hombres está en sus cabales y los tres viajan armados. Miguel porta una navaja, Remigio y Andresito un cuchillo. Se insultan, se van a las manos…
Solo se calman cuando se dan cuenta de que Miguel Ropavieja ha sido herido y está perdiendo sangre. No saben qué hacer.
Cacha le hace un torniquete a mitad del antebrazo con un pedazo de blusa que Teresa le alcanza. La sangre al fin se contiene.
Al siguiente día Teresa desde que amaneció –entre vómito y vómito– le pide a la virgen de Regla, a Yemayá que los proteja, que no los abandone a su suerte.
Ceferina muestra síntomas de deshidratación y quemaduras en los labios. Cacha está sentada de modo que su sombra le proteja la cara a su maíta. Pero el sol es inclemente. Por suerte, parece que va a llover; un poco de agua dulce les vendrá bien a todos. Miguel Ropa Vieja lleva la herida destapada. Un pedazo de piel deja ver el corte profundo y abierto. Le duele la cabeza y a ratos tiembla.

El sopor le permite a Miguel Ropavieja recordarlo todo: ha ido conociendo a Cacha, ya sabe dónde vive, está al tanto de sus horarios. Y por alguna razón que no alcanza a comprender la mujer lo trae loco.
La vigila. La ha visto con Reutelio María. El viejo le da dinero. Y ella ya no está dando viajes a La Habana y le devolvió los veinte “verdes” a Martín. El propio Reutelio la llevó a casa del hombre para que saldara la deuda y le hizo prometer que no lo haría más.
Cada vez que Miguel se acuerda de que se está acostando con el otro le reclama para que lo deje, pero ella siempre le da la misma respuesta:
–No quiero ir presa, Miguel, no quiero.
–Mil gente va y no les pasa na', y tú tienes pa' eso –le replica él –. Cuando te conocí tú estabas yendo.
–Cuando me conociste era tan terrible como ahora Miguel, ¿o será que no lo entiendes...?
–Y si de repente mi suerte cambia, ¿lo dejas? Coño, Cacha, ¿si mi suerte cambia lo dejas?
–Que no es tan sencillo, créeme que yo quisiera dejar esta vida, yo quisiera, pero no puedo –le dice, mientras se pega al pecho del hombre. Se refugia en él.
Están debajo de unas cañas bravas a orillas del río, que hace una suerte de herradura antes de llegar a la presa del pueblo. Los dos desnudos, acariciándose. Lo único que se escucha es el trino
de los pajaritos. El río está tranquilo y corre cuesta abajo con un andar pausado como para no molestar a los amantes. Hay una brisa suave que los besa a ambos, que les despierta los sentidos, que hace que las lenguas se busquen y que el sexo del hombre la penetre con suavidad. Ella se abre, lo recibe sin reparos como lluvia de verano. En un torrente de orgasmos. Más su mente permanece alerta, acostumbrada a estar a defensiva.
–No vayas más por la casa. No quiero que Reutelio se dé cuenta. Va a llegar un día y nos va a encontrar juntos y yo tengo una hija que alimentar. Y tampoco quiero que vaya a haber un muerto de por medio que en Cuba la gente no se faja a los piñazos sino con machete... y tú lo sabes.

Miguel Ropavieja está desempleado; se defiende con lo poco que gana de la pesquería. Amanece en la presa y regresa tarde. La mayoría de las veces a pie. Tiene una bicicleta, pero casi siempre está en llantas. Su madre espera hasta que él llegue para comer algún bocado que él mismo cocina. Caldo de cabeza de pescado. Hueva de pescado. Pescado con sal. Tiene que andar ligero para que la madre coma porque a veces se le queda dormida y al otro día cuando amanece no se sostiene en el balance porque, aunque todavía es una mujer joven está muy enferma. Desde que perdiera al esposo en un accidente de tránsito, cuando Miguel tenía ocho años, ella se tiró a morir y cada día muere un poco.
A veces él consigue unos plátanos y los pone a hervir junto con el pescado. Atrás quedaron los tiempos de ir al bar de la esquina y comprar un litro de leche por sesenta centavos, o uno de yogur. Ya eso no se consigue ni aparecen en ninguna parte las galletas dulces que tanto le gustan a ella. Cerraron el mercadito paralelo que había en la 31, y puede que no haya sido lo mejor, pero por lo menos aliviaba las penas.
No bebe ron ni guarfarina, no fuma, su tiempo lo dedica a la presa y a la mesa de juego. En su mente está la gran partida que lo va a sacar de la miseria a él, a su madre, y ahora a Cacha.
El juego es ilegal, le caben de tres a ocho años. Él lo sabe. Vender pescado es prohibido también, si lo cogen lo multan. No obstante, cuando no está en la presa o en la calle vendiendo se mete en casa de Cuca donde se reúne la nata de los jugadores.
A veces también la plantan en una casa de tabaco abandonada, otras debajo de alguna mata en medio del monte. El asunto es estarse moviendo de un lugar a otro para despistar a la policía y a los chivatos.

Hoy no parece ser el mejor día. Con doscientos pesos se entró a jugar, consiguió ese dinero después de tres días de pesca. Y lo ha ido dejando en la mesa. En una última jugada y más pela’o que un coco la suerte comienza a gratificarlo.
Hay tres cartas viradas boca arriba y Ropavieja tiene igual cantidad en sus manos. Después de los tres descartes y antes de que se pidan nuevas barajas es su turno para hacer la apuesta.
Tiene sed. Suda. Antes de apostar saca dos pesos guardados debajo de la planta del pie y le pide a Lola, la mujer de Evaristo que le alcance un refresco de botella. Ninguno de los hombres bebe ron allí. Se cuidan de problemas para evitar que llegue la policía por una pelea. El refresco está frío y calma un poco su sed. Pero es solo unos segundos. Un sabor a azúcar prieta o morena, como también le dicen algunos, se le ha quedado en la garganta.
–¿No tienes un poco de agua? –le pregunta a la mujer y agrega–. Ese refresco estaba demasiado dulce. Cada vez te los hacen peor.
Su padre era un guajiro de las lomas de Cándito que apostaba cada semana en las vallas de gallos. Su madre a veces jugaba una calderilla en la Lotería Nacional. Tal vez, de ahí o de la pobreza le viene a Miguel Ropavieja el afán por el juego.
Los agentes de la policía llegaron en silencio, ninguno de los jugadores se dio cuenta. El trayecto hasta la unidad es difícil, en medio del polvo que entra por las ventanillas de la patrulla. A Miguel Ropavieja se le ha secado el gaznate, está consciente de lo que viene. La sed es insoportable. Siente que tiene fiebre. Cada vez que está asustado le da fiebre.
La propuesta que al principio no acepta, lo sorprende. Le piden que trabaje como informante. Saben todo sobre él y entienden que es un buen prospecto.
La conversación fue larga, solo entre él y un instructor nuevo llegado de Pinar del Rio. Por lo visto el hombre tiene un gran conocimiento de la zona. Necesitan de alguien como él que infunda confianza, que se conozca cada rincón y además que ya tenga cierta fama de merolico y de marginal. Y eso se la ha ido dando la venta ilegal de pescado y el juego. No estará solo, tendrá apoyo todo el tiempo.
Si él acepta su primer trabajo será ayudar a limpiar el municipio de banqueros, pero le tienen reservada una misión más importante: entrará a trabajar al matadero de res porque hay que detectar por dónde es que está saliendo la carne. Recibirá entrenamiento y toda la preparación que necesita.

–No podía decirte en lo que andaba ni siquiera el día del entierro de mamá que solo pudiste pasar por la funeraria un segundo como una más. Ese fue el peor de mis días. Cogieron y metieron preso a medio mundo de la gente que jugaba silo, y también a Teté la banquera y a Filipito. Y yo en la funeraria velando a la vieja, y la gente que había sido mi gente presa por mi culpa. Pero, ya estaba monta’o en el burro y tenía que seguir dándole palos.
Quise morirme cuando entró Remberto, el esposo de Teté, y me dejó cien pesos para lo que me hiciera falta. Yo no quería aceptar ese dinero ni los veinte pesos que me trajo Adolfo, el hermano de Filipito. Pero tuve que morderme la lengua y cogerlos.

Cuando Reutelio comenzó a preparar el hurto en complicidad con el administrador, el matarife que estaría esa madrugada era él. En lo que el administrador y su hombre de confianza tiraban los maletines, Miguel Ropavieja llamó a la policía. Ese era el plan, había que coger a la gente infraganti. Él no sabía que Reutelio María era el que estaba detrás de la cerca.
–Lo otro tú lo sabes, Cacha –le dice Miguel a la mujer mientras que el miedo a morir allí en medio de la nada lo hace sentirse con fiebre.
Ella lo ha escuchado sin decir palabra, apretando las manos. Deseando que su mala suerte se aleje. Deseando ver alguna señal de tierra firme a lo lejos y no un horizonte que se confunde cada vez más con las aguas calientes que les rodean.
–Cállate, por Dios. No quiero saber. Ahora no quiero saber, cállate –le dice y la voz le sale agria, seca por la sed y el hambre.
Todos han prestado atención. El mar ruge y las palabras del hombre rebotan entre ola y ola. Remigio y Andresito lo miran con odio, con un rencor salido de los días de lucha y de hambre en los que conseguir un plátano para poner a la mesa era ser afortunado. Se incorporan y a una voz se lo arrebatan a Chacha y lo tiran al mar.
Atrapado entre las olas queda Miguel Ropavieja, el pescador, el hombre de la presa que no le teme a nada ni a nadie, salvo a la cárcel.
Intenta respirar, intenta bracear hasta la embarcación, pero en la cubierta Remigio y Andresito no van a permitirle que suba. Han tomado el control y es en serio. El agua salada se le mete en cada poro. Le arde sobre la herida abierta. Las mujeres están sobrecogidas de terror. Una corriente se encarga de él y lo aleja. Irremediablemente lo aleja.

Andresito nació en la playa, creció bañándose en el mar. Él da clases de Matemáticas. Es un profesor titulado, sin embargo, pescar es el pasatiempo que le ha impuesto la necesidad.
Por eso en sus ratos libres sale al mar. Un poco enguarfarinao, un poco lúcido se las arregla para sacarle algún provecho a las aguas.
Un día si un día no, va hasta casa de Oscar a buscar "una media" que al final es un tanquecito de unos tres litros que llena hasta el moño de guarfarina. La bebida le embriaga los sentidos y le ayuda a pasar las madrugadas en medio de los mosquitos y el calor insoportable; la humedad y los peligros.
En ocasiones va con Julio, otro maestro que como él también le “da a la guarfa”. Nunca falta el dinero para "una media", para emborracharse y no pensar.
Ellos se la buscan. Andresito tiene que darse un cañangazo todas las mañanas, es su manera de enfrentar los desafíos de cada jornada.

El día en que la directora del seminternado lo llamó a solas para hacerle una alerta porque había comentarios de que estaba yendo a dar clases borracho se puso furioso. Ella cometió la indiscreción de decirle que Julio era el responsable.
El sábado en la madrugada recogió a su amigo como siempre. Solo que durante el recorrido hasta el punto en que tiraban las redes él no bebió ni tampoco lo hizo después cuando se vio obligado a regresar con Julio porque este se sentía muy agitado y con un dolor de cabeza inusual.
Julio no se salvó, entró en coma antes de llegar al hospital y falleció por insuficiencia respiratoria como consecuencia de una intoxicación severa.
La guarfarina estaba ligada con alcohol de madera y los peritos determinaron que había sido un accidente.
Andresito, por más que lo interrogaron por horas, dijo que no sabía dónde el amigo había comprado la bebida y que era una casualidad de que él no hubiese muerto también. Desde el jueves por la noche había tenido diarreas y tuvo que ir al policlínico. No bebió porque estaba bajo tratamiento médico. Así lo corroboraron los investigadores.
Después de aquello comenzó a planificar su salida del país sin decirle nada a nadie. Solo le dijo a su mujer para que estuviera preparada.

Andresito y Remigio se turnan para dormir. Ninguno de los dos confía en las mujeres.
Ceferina casi sin fuerzas le ha dicho a su hombre:
–No te conozco, ¿Cómo te prestaste pa eso?
Se separa lo más posible de él. No quiere tenerlo cerca. Ella también detesta a los chivatos, pero de ahí a tomar la justicia por sus manos va un trecho. Por lo que desaprueba la actitud de su hombre.
Él no contesta, se hace el que ni siquiera escucha y se pone a pensar en cómo capturar un pez o lo que sea que aparezca.
–Si no, no vamos a sobrevivir –se dice.

Cada hombre tiene su historia y la de Remigio es como la de cualquiera. Cuando era un adolescente, conoció a Genaro en una pesquería organizada por unos amigos un tanto mayores. Desde que comenzó a despuntar como un hombrecito sus amigos fueron siempre gente grande. Se sentía más seguro y disfrutaba cada relato contado durante las acampadas bajo el sereno de la noche o el fuerte sol del mediodía.
Genaro recién había llegado a la zona. Era un hombre fuerte, todavía joven. De ahí surgió una amistad que él siempre consideró verdadera. Día por día lo visitaba y sentía placer al conversar con él. Compartían la alegría de amar el mar y la playa; el arte de pescar. Aprendió mucho de Genaro que tenía un gran conocimiento sobre pesquería y eso a Remigio le fascinaba. Aprendió a fumar puros con él; a liarlos, a reconocer las capas, los olores, a hacer la mezcla justa sin que faltase nada.

Remigio creció y se hizo hombre de pelo en pecho, pero sin tener mujer. Y no era porque escasearan o porque ninguna se le hubiera ofrecido; él no tenía la respuesta. Tampoco se sentía "pájaro", ni sabía en "qué laguna los patos se bañaban". Es decir, no sentía ningún interés por los seres de su mismo sexo. Así que no era homosexual.
En uno de los cayos cercanos tuvo su primera experiencia y fue a contarle a Genaro:
–¡Qué mujer! Tienes que verla.
Estuvo como tres meses desparecido de casa del amigo hasta una tarde en que regresó y le dijo:
–Ella se está acostando con alguien más y yo me estoy muriendo.
–Que no te oiga Ceferina, siempre tiene la oreja parada y a mí me está pasando lo mismo.
–¿Tiene un amante tu mujer?
–No, soy yo quien tiene una amante. Pero casi que estoy convencido de que está con otro.
Dos días después Remigio va camino del embarcadero donde tenía el bote con el que salía a pescar y a verse con la novia en el cayo.
El tiempo se puso malo. Por unos segundos titubeó en salir o no. Fuertes gotas de lluvia comenzaron a caer y en el último instante corrió a guarecerse en la cafetería de la playa.
Vio la tromba como se levantaba a lo lejos, sobre la superficie marina... El fenómeno dejó peces sobre el muelle y algunas de las palmeras fueron arrancadas de raíz. Cuando todo se calmó divisó la chalana de Genaro.
Remigio quedó inmóvil. Era Maricelys, su novia, la mujer que venía colgada del brazo del amigo. Los vio despedirse, los escuchó bromear.
Nunca entendió por qué Genaro le hizo eso. No siempre se entienden los porqués ni las razones de los hombres. Jamás volvió a ver a la mujer ni le hizo preguntas al amigo. Pero si supo que seguían viéndose en el cayo.
Por eso, cuando Cacha creció un poco pensó que no habría mejor venganza que llevársela a la cama. Y fue fácil. Luego vino Ceferina pidiéndole como una loca que "tomara en ella lo que la niña le daba". La aceptó. Después ya no pudo desprenderse de Ceferina ni de Genaro que se convirtió en una piltrafa de hombre.
Cuando Miguel Ropavieja comenzó a hablar de lo que había hecho, él instigó a Andresito para tirarlo al agua entre los dos.
–Es un chivato, se lo merece –le dijo.
En sus adentros lo quería muerto para quedarse con Cacha. Por eso impulsó el cuerpo de Miguel con toda la fuerza que le daba el enojo contenido, el odio y el deseo.

Cualquier atardecer en Cayo Hueso es mágico y Teresa Clinger lo sabe porque su hija se lo contó.
Le habló de Duval Street y su Sleepy Joe's que tanto embriagara a Hemingway, el americano de "El viejo y el mar".
La primera vez que llegó nerviosa y con mucha plata le dijo que venía de fotografiarse en Southernmost Point. También le dio detalles de Fort Taylor Beach, la playa de arena áspera donde por esa suerte del destino encontró el tesoro que le cambiaría la vida: Un hombre que se prendó de ella desde la primera vez que la vio. Se enamoró de la gracia de la cubana, de su inglés roto, de su manera de hacerle el amor. En cada viaje que hizo a la Isla siempre la acompañó. Entraban de manera furtiva, en una lancha que los dejaba en alguna parte de la costa y luego regresaba a buscarlos. Así hasta que ya no volvieron más.
Pocos le creyeron a la Clinger cuando reveló la procedencia del dinero. Solo el juez Edulterio Córdova y tenía motivos muy fuertes para hacerlo; Teresa en la segunda entrada ilegal de su hija a Cuba, por mar, le dio una bolsa repleta de dólares americanos que este supo enterrar muy bien.
A partir de ese momento ella comenzó a utilizar el dinero traído por la hija y echó a rodar la historia del tesoro encontrado. Y aunque tuvo encima de ella muchos ojos y especulaciones se mantuvo firme en la leyenda que el propio juez le ayudó a crear. Ambos sopesaron las posibilidades que tendría a su favor o en contra si llegado el caso tuviera que enfrentar un juicio por enriquecimiento ilícito.
Fue el juez quien –con sus contactos en La Habana– la ayudó a cambiar la plata para que pudiera usarla sin mayores contratiempos porque cualquiera que tuviera dólar americano en Cuba u otra divisa estaba fuera de la ley.
Él era un hombre inteligente y le aseguró a la Clinger que si actuaba con cautela y seguía sus consejos nadie iba a meterse con ella. Pero la Clinger soñaba con una casita y se hizo una mansión. Soñaba con no pasar más hambre y cuando nadie tenía que comer ella ofrendaba comida a los santos y les hacía llegar a más de un vecino un plato de comida. Eso levantó la envidia de la gente. Y la envidia es el peor enemigo de cualquiera.


Al día siguiente de haberle contado la verdad a Cacha el magistrado la mandó a buscar. Ella fue de inmediato a verlo pensando que le tendría alguna noticia sobre Reutelio. Llegó a creer que el hombre quería dinero. Sin embargo, lo que el juez le dijo la trastornó. Iban a revisar su caso de nuevo y él no podía hacer nada esta vez.
–No sé quién está detrás de todo esto –le explicó y continuó diciéndole–. No sé qué tanto saben todavía, pero mejor estar preparados. Están haciendo unas auditorias en La Habana, en las empresas donde trabaja la gente que metió la mano en lo tuyo y ya tú sabes. Se han caído unos cuantos jefes gordos.
Ella farfulló algo entre dientes y salió a toda carrera tratando de procesar la noticia recibida.
Él se quedó diciendo:
–Tú no vas a echarme palante ¿verdad? –pero ya ella no lo escucha.

Cuba es una isla y cuando alguien piensa en irse, es el mar el camino. No hay muchas soluciones a la vista, al menos para el cubano de a pie que no es artista o deportista.
Las salidas ilegales o los intentos de salidas ocurren casi a diario, aunque todavía no se ha desatado la crisis del 94 que fue la válvula de escape como consecuencia del Periodo Especial.
–Aquí, si no tienes dinero te mueres de hambre, con dinero te mueres de hambre también, y si no estás pasando hambre es enriquecimiento ilícito. ¡Aquí los mayimbes son los que tienen derecho a vivir!
Hablaba con sus muertos. Con sus santos. Estaba harta de todo y no quería lidiar de nuevo ni con la policía ni con nada que oliera a problema. Supuso, en su momento, que la santería siempre le serviría de mampara. Cada vez que hubo un interrogatorio cuando lo del enriquecimiento ilícito, dijo que los clientes le pagaban bien.
–¿Cuáles clientes, Clinger, donde están los ricos en Cuba que puedan pagar lo que dices que pagan por una consulta de mierda? –le insistía el instructor del caso.
Y era cierto, ya ni aparecía un pollo pa' remedio, peor una gallina prieta o un carnero pa' darles sangre a los santos; hasta los gatos se estaban esfumando de los barrios. La gente se los comía. El oficial que la interrogaba, sin embargo, no pudo sacarle una palabra diferente a la planeada.
Pero si ahora estaban investigando ella tenía que irse. No tenía muchas opciones. Solo su dinero.
En un auto de alquiler fue a donde Cacha después de correr a casa de cada uno de los hijos y despedirse de ellos. Sus hijos no vivían mal. Cada uno se buscaba lo suyo. Alfonso, con el dinero que ella le dio había puesto un molino de arroz. Y eso era un negociazo, de los pocos que no estaban en la mira. Él era precavido y lo que se comía en su casa nadie lo sabía. Mientras que Caridad, como era ella solita dijo que lo que la madre le había dado le alcanzaría hasta el día en que se muriera si lo administraba bien.
A los dos les mintió, les dijo que había tenido un sueño en el que Carmen le pedía que fuera a Puerto Esperanza y tirara al mar unos caracoles
recogidos por ella en las arenas de Cayo Hueso.
–Después de eso ella va a regresar, va a venir a verme de nuevo –les aseguró con vehemencia, secándose el sudor continuamente.
–No, mamá, tú tienes que estar loca. A ti el calor te ha puesto mal. Yo voy contigo –dijo Alfonso.
–No –respondió ella–. Es mi sueño, soy yo quien tengo que ir. Solo yo.
Aún no sabe por qué fue a ver a Cacha. Se la encontró desfigurada por el llanto, hecha un rollo sobre el camastro, muy afectada. Cuando le contó lo sucedido Teresa se sintió culpable sin serlo. Y por esas razones que la vida impone, a veces, sin que uno comprenda bien y que después al paso del tiempo son motivo de arrepentimiento le dijo:
–Vamos conmigo. Deja a la niña con la abuela. Al final aquí ya no pintas na'. Además, no vas a ser ni la primera ni la última que se va. Capaz que te enreden en lo de Reutelio porque lo que buscaba se lo gastaba contigo. En este país cualquier barbaridad puede pasar.
Y trató de hablar bajo para que la vecina no supiera de qué estaban conversando:
–Preferible el mar a enfrentar la justicia y las habladurías de la gente, los comentarios. Ahora solo tú y yo sabemos que ese desgraciado es tu padre... pero pueblo chiquito infierno grande y después de lo que te acaba de suceder es mejor comenzar la vida en otra parte. Yo siempre voy a apoyarte –le recalcó en un susurro.
Cacha pensó en la hijita, en las noches de hambre, los apagones, el calor, en lo chismosa que es la gente, en que sería la comidilla del pueblo, en la humillación y el dolor que sentía, en lo injusta que estaba siendo la vida con ella.
La posibilidad repentina de cambiar de existencia, de brindarle a su nena algo diferente, de dejarlo todo atrás: aquel país lleno de miseria, de frustración, sin futuro hizo que aceptara. Llevó a la niña a casa de la abuela. No le contó todo, solo lo imprescindible. La abuela entendió. Se despidió de la muchachita conteniendo las ganas de llorar, con una sensación de ahogo muy fuerte dentro de su pecho.
–Te quiero mucho mi niña pequeña y del alma –le dijo en un abrazo cubriéndola de besos–. Voy a regresar, voy a venir a buscarte. Tu mami va a volver.
La niña comenzó a llorar y la abuela le pidió que se fuera.
–No mires para atrás y vete, ella ahorita se calma. No mires para atrás.
–Yo regreso mi niña, yo regreso.
Decidida a todo le sugirió a la Clinger que tal vez sería bueno llevarse a Miguel Ropavieja, él no la iba a dejar irse sola si había la oportunidad de acompañarla, además era hombre. Las podría ayudar y si ella iba a empezar una vida nueva con quién mejor que con él.
Como a la una de la madrugada llegaron a la Autopista, una rastra los recogió. Iba hasta Los Palacios, pero, no importaba. Allí cogerían lo que apareciera para llegar a Pinar del Río y de ahí a Puerto Esperanza.
Cacha no habló en todo el camino, solo cuando pidieron los carnets de identidad al día siguiente en un retén. Miguel estuvo conversando todo el tiempo. Habló de todo hasta de pelota, el deporte nacional en Cuba. Su intención era hacer que las mujeres se sintieran menos tensas. Pero en su interior se sentía triste. Pesaba sobre él la tumba de la madre. Obligado por las circunstancias no pudo ir a despedirse de su viejita. No pudo ir a decirle que regresaría a traerle flores. Rosas rojas, las que le gustaban a ella.

El mar se ha quedado quieto y la embarcación apenas se mueve. La piel de Teresa Clinger ya deja ver los estragos producidos por el sol y el salitre.
Ceferina tiene la boca hinchada y purulenta. Se le ha hecho una herida debajo de la comisura del labio en la parte derecha. Ha perdido peso y la camiseta que viste se ve mugrienta. Las quemaduras en brazos y espalda se ven delicadas.
Cacha mira sin ver. Los ojos metidos en la cuenca de una manera extraña, y con las manos apretadas entre las piernas. Así lleva horas.

Los hombres han tratado de permanecer alertas, turnándose para dormir por temor a cualquier represalia y tratando de divisar algún buque al que hacerle señales. Andresito está consciente de que ya no van a llegar a Miami ni a ningún lado si no los recoge algo.
Revisó en su cerebro lo mucho o lo poco que sabe de las estrellas y se convenció de que la corriente los arrastra cada vez más hacia el océano. Hizo todo lo posible para que el motorcito arrancara, pero fue por gusto. Lo único que consiguió fue sentirse más débil.
La única esperanza es que aparezca un barco y que los recoja. Los que han visto han estado allá en el horizonte, demasiado lejos. Han hecho señales, pero infructuosas.
La humedad y el calor son desesperantes, además de la falta de alimentos y de agua. En derredor solo el mar de un azul intenso y algún que otro delfín que se les aproxima.
Se está quedando medio dormido sin que sea su turno para el descanso. El hambre y la sed se confabulan para vencerlo. Hace algún rato le pareció ver a un tiburón avanzar por estribor y sumergirse debajo de la embarcación. No está seguro.

El escualo tiene el cuerpo delgado y unos cuatro metros de largo. Los tiburones no atacan a los seres humanos, a pesar de que abundan historias al respecto. Solo agreden ante algún movimiento brusco de lo que consideren su presa o atraídos por el color llamativo de algunas prendas usadas por los bañistas o náufragos.
La aleta grisácea surca de nuevo el agua, se eleva. Es como una alucinación.
Remigio, aunque tiene los ojos cerrados no ha podido descansar. El calor lo ha sumergido en un letargo raro. Tal vez por eso y en un intento frenético por reducir la temperatura de su cuerpo y de mitigar la sed decide tirarse al agua. El momento elegido no puede ser peor.
El depredador actúa rápido confundiendo al hombre con una de sus presas favoritas.
Andresito adormilado y en un acto de falsa solidaridad se tira al agua a luchar con la bestia, pero ya todo esfuerzo es imposible.
Ahora es él quien está en problemas, quien se arrepiente de su actitud irresponsable, irracional. Son dos los atacantes, son dos los dueños del mar. La sangre fluye, su corazón la bombea y él no consigue que su cerebro dé las órdenes precisas para detener la hemorragia. Se le escapa la vida por un error de su subconsciente. Intenta subir a la embarcación, pero ya no tiene fuerzas. De nuevo el tiburón tira de él.

¿Qué tiempo estuvieron los cuerpos mutilados de los dos hombres flotando cerca de la embarcación? No tienen idea. Han soportado el hambre, la sed, los días bajo el sol que les ha quemado cada pedazo de piel.
Las tres mujeres están recostadas sobre la cubierta. Ninguna de ellas tiene fuerzas suficientes como para estar al tanto del paso de algún buque. Cada una está sumida en una pereza diferente, perdida
la fe. En un último intento buscan dentro de sí a un orisha, claman por ayuda. No hay respuesta. Solo el mar y el continuo movimiento de las olas.
La embarcación llora. Las amuras levantan una plegaria y la estructura deja escuchar un lamento sordo.

Llorar no cuesta y Yemayá, la Reina de los mares, lo reconoce. Como madre de cuanto ser hay sobre la faz de la tierra ella sabe del sufrimiento que hay detrás del llanto de sus hijos. Llorar no cuesta dinero, pero con dolor anticipado se ha pagado cada gota de llanto.

Emerge del mar. Ella es un Osha y su baile recuerda, ahora, las olas en calma. Ella es fuente de vida. Y porque durante nueve meses como peces hombres y mujeres nadan en el vientre de la madre. ¡Ella es la madre!
"¡Omío Yemayá Omoloddé! ¡Omío Yemayá! ¡Yemayá Ataramawa!" –la saludan.
Hace su aparición erguida sobre la espuma, sobre el azul intenso dejando caer una lluvia fresca en remolino sobre los cuerpos. Los cubre con su manto crepé.
Viste un traje azul marino con adornos en azul y blanco. Lleva unas campanitas cosidas al vestido; un cinturón de algodón blanco que justo al centro –frente al ombligo– se funde con una coraza de figura romboidal.
Yemayá se aleja y al hacerlo su risa de mujer y de santa, de protectora y amante, recuerda la vida. Se aleja y los cuerpos quedan allí en medio de la nada. Parte rauda sobre una ola a socorrer a otros que la necesitan más. Se deja llevar por el canto que escucha:

“¡Omío Yemayá!/ ¡Omío Yemayá!
¡Oh Yemayá, Yemayá!
¡Omío Yemayá! / ¡Omío Yemayá!
¡Omío Yemayá Omoloddé! ¡Yemayá Ataramawa!"

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