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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Antonio

Por Lázara Ávila Fernández 


Después de un amor tempestuoso, talvez el mejor hasta hoy, me fui a vivir con Wilfredo, uno de los seres más repulsivos de la Tierra.  Cuando nos dejamos conocí a Antonio. Él pasaba mucho rato, en el zaguán del vecino y desde allí me contemplaba. Sus ojos saltones de sapo no me perdían ni pie ni pisada. Tenía la piel muy curtida por el sol y casi nunca iba bien vestido. Un día se me acercó y me trajo un regalo raro. Me dijo que lo había encontrado en un charco cercano, poco profundo al que acostumbraba a ir muy seguido.
Yo no quería aceptarlo, pero, sus ojos me dominaron y como una estúpida de pronto me vi dando las gracias.
Aquello fue suficiente para que esa misma noche se metiera en mi cama. Creo que fue el destino que nunca ha sido muy misericordioso conmigo.
Afuera las ranas croaban haciendo una algarabía inusitada. Dije algo al respecto y el solo se limitó a contestar:
—No le hagas caso.
Como a la semana ya había recorrido con él todos sus charcos favoritos. Mi piel comenzó a curtirse y empecé a sentir adicción por meterme en el agua para tener sexo con él. El líquido debía estar un poco más arriba de mi cintura para que yo me sintiera satisfecha.
Antonio era un vago habitual, se alimentaba de lo que conseguía en los lodazales. Tenía predilección por una avecilla blanca y pasaba largas horas esperando a que esta cayera en las trampas que él minuciosamente preparaba para capturarlas.
Un día quise escapar de todo. Lo había visto muchas veces comiendo a hurtadillas trozos de carne cruda. Sus ojos saltones se volvían muy pequeños mientras destripaba a las aves. Los cerraba luego para deglutir con extremado placer las vísceras aun calientes.  Pudo más mi repulsión hacia aquel ritual que la adhesión que estaba sintiendo por él.
Entonces fue que decidí quemarlo vivo. Pero, no lo hice. Se había quedado dormido y me las arreglé para juntar mucha ropa a su alrededor. Su ropa y la mía. ¡Toda junta haría una pira extraordinaria!  En el último instante decidí irme y dejarlo. Coloqué a su lado el extraño regalo que me había dado aquella vez, para que cuando despertara se diera cuenta de que todo había terminado. Detestaba sus festines, el olor a sangre. No quería saber más de eso, quería recobrar mi piel suave y no tan quemada por el sol.
Salí tratando de hacer el menor ruido posible y caminé, caminé toda la madrugada. En aquel pueblito oscuro, lleno de tanta miseria no había otra opción que no fuera caminar.
Caminé con la certeza de que escapaba de algo sobrenatural. Tres días después la guardia me encontró. Dijo que yo tenía un crimen pendiente. Pero no, no es así. Ellos están equivocados. No tuve nada que ver con la muerte de Antonio.
Hay una abogada que me está visitando. Dice que vino porque ella se dedica a defender casos como los míos.  Al principio no la entendí bien. Me contó de manera confidencial que no habrá juicio y que el gobierno tratará a toda costa de ocultar el asunto. Ese es el motivo por el que ha tomado mi caso. No debería estar presa si todos van a callar.
Ella exigió los resultados de la autopsia, los hologramas que le hicieron al cuerpo cuando lo encontraron, el resultado de los laboratorios. Dijo que fue escalofriante. Antonio tenía en su cuerpo unas manchas rojas muy profundas y oscuras. Pero, lo peor fue dentro.  Su caja torácica reveló un esqueleto no humano.
Hoy la estoy esperando con desesperación. Hoy hace ocho meses de aquella primera noche en que me acosté con él mientras las ranas alborotaban afuera. Unos moretones han comenzado a cubrirme, y siento unas ganas terribles de cazar. Mi repulsión por las vísceras y la sangre ha desaparecido. Desde hace dos días no he parado de hurgar en una de las esquinas de la celda y ya he atrapado a más de un bicho devorándolos hasta el final a pesar de las miradas de asco de mis compañeras.
Hasta me parece que fui injusta con Antonio. Ahora entiendo su gusto por aquella avecilla y el verdadero significado de su regalo.

Publicado originalmente en El Regreso

Capítulo IV | Arianna

Capítulo IV Arianna

Al principio, Arianna defendió la idea de que los viajes de David a Cuba tenían que ver con la muerte del padre y con su intención de saber más sobre aquella familia que no había conocido.
Quiso acompañarlo, pero como ya era habitual él la sacó de sus planes. La disculpa fue elegante, pero la dejó fuera.
—No tengo idea de quién es mi familia allá. No quiero que vayas a pasar un mal rato.
Ella hubiera preferido un matrimonio diferente con hijos y quién sabe si ya con algún nieto, porque de haber comenzado a parirle a los dieciocho hace rato que pudieran tener uno. Esperaron con calma a que la naturaleza hiciera lo suyo. Luego comenzaron a visitar clínicas y se sometieron a más de un procedimiento hasta que con desespero vio detenerse su ciclo vital y perdió las esperanzas.
Un hijo hubiera servido para salvar el matrimonio y tener a un David menos frío, más compasivo.
La del problema era ella. Entonces, la tristeza y la desesperanza la fueron convirtiendo en un despojo de ser humano al que conocía muy bien. No necesitaba de un sobrino ni de un niño adoptado, quería el propio. No al ajeno. Se enfocó en los negocios, en las ventas y ambos le gustase o no a David reconocerlo, ambos, habían construido un futuro sólido en el que ella aportaba con su cartera de clientes cifras y cifras y más cifras. El éxito en el negocio la salvó del suicidio, de las drogas que estuvieron ahí a su alcance, pero, que no consumió. Y hasta quien sabe si del verdadero holocausto, el del interior. Creó una barrera para mostrar sólo la cara que los demás querían ver. Abandonó por completo los paseos a sitios dónde las madres apapachan a los hijos, las tiendas de juguetes, las fiestas de cumpleaños de los hijos de sus escasas amigas. Asumió una pose de mujer serena, pero hoy necesita llorar.

Está sentada ante Dios conversando con él de tú a tú como si fuera la hora cero cuando se abren los ojos al mundo y se grita fuerte para reclamar la atención de la partera.

Hay una relación de ella con Dios desde el mismo día de su nacimiento, cuando tuvieron que someter a su madre a una cesaría urgente tras un resbalón en la calle, y a pesar de que no era el tiempo ella sobrevivió.
No sabe la razón, pero fue la protegida y tras muchos días y noches de zozobra su cuerpo frágil comenzó a recobrar fuerzas. De no haber estado Dios allí para brindarle la sabia de la existencia, jamás habría salido de aquella clínica.
Y cuando llegaron las facturas de pago del hospital Dios también se presentó omnipotente y generoso. Sucedió el milagro menos esperado, el dueño de la clínica se había enamorado de la manera en que ella luchó por su vida y canceló la cuenta.
Fue como recomenzar tras haber ganado el premio gordo de la lotería, sin siquiera haber jugado. El señor Casey se convirtió en su padrino hasta que un cáncer se lo llevó de este mundo, cuando ella tenía siete años de edad.
Hubo una cuenta en el banco, pero, como estaba a nombre de la madre esta se encargó de malgastarla hasta que se quedaron sin nada.
No tenían ni para comer. Así se iba a clases, así llegó hasta el instituto.
En las noches a veces con frío, a veces con calor Dios le hablaba: ella conocería a un buen hombre. Ella saldría adelante.
Cuando reparó en David supo que era el amor. No le dijo de su pobreza. Se fingió feliz y hasta un poco atolondrada. Dios entonces ya no se le apareció más. Ni siquiera el día de la boda en que ella lo invocó y le pidió que le dijera si era o no aquel el buen hombre del que él le había hablado.
Después con los días y las horas; las noches y las madrugadas sobre su espalda intentó vivir sin hacerse más preguntas acerca de su existencia ni de sus altos ni de sus bajos. Anhelaba un hijo. Pero, no llegó. Anhelaba el amor de un hombre y ahora estaba segura de que no lo tenía.
¿Cuándo se convirtió aquella relación de ellos dos en rutina? ¿Cuándo fue que comenzaron a mirarse como extraños a pesar de las noches de sexo y de las cuentas conjuntas en el banco, de las deudas, del yate, de la casona y los amantes?
¿Cuándo?
Está arrodillada, haciendo las mismas preguntas una y otra vez ante un Dios silencioso, mudo. Por compasión él regresó a escucharla. Por compasión él está allí de nuevo para ella. Pero, a veces la misericordia no basta. El ser humano es tan complicado que en ocasiones ni el mismo Dios tiene todas las respuestas necesarias.
Las lágrimas corren por su rostro. ¿Cómo puede estar David trayendo a una desconocida, cómo puede David estar jurándole amor a otra? ¿Cómo es posible que piense que ella jamás habría de enterarse?
Quien haya visto a Arianna fuera del púlpito, no reconocería a la mujer de negocios, a la exitosa experta en marketing y ventas. Quedarían perplejos ante la verdadera, sin máscara con su dolor sobre la piel, abatida.
Viste de negro. Desde que supo que ya no llegaría ningún hijo, dejó de usar ropas claras y de colores diferentes menos. La falda sin embargo modela la figura aún bella y la chaqueta resalta su busto alto.
No puede controlar los sollozos, se siente perdida y culpable. David la ha subestimado siempre. David no imagina que ella sabe perfectamente de la existencia de Anay, de la razón de sus excusas para desaparecer a ciertas horas, de la existencia de Fernanda.
¡David sabe tan poco de ella!
Pero, todo va a cambiar y él se arrepentirá o se quita el nombre. Y no es asunto de dejarlo en la miseria. Lo quiere suplicante a sus pies, de regreso.

La alerta llegó por quien menos ella esperaba. Fue Benjamín quien le contó. Es que siempre tuvo la lengua demasiado suelta como para guardar los secretos del amigo. Y por naturaleza también es un poco envidioso.
—Te digo que se llama Anay, si quieres las conecto para que la conozcas.
Fue demasiado sarcástica la propuesta. Y a ella le dolió.
—Mira, aquí está el gimnasio que frecuenta, la dirección de su oficina. Lo que tú quieras A, lo que tú quieras. Y si quieres verlos juntos…
No dijo ni sí ni no, pero, aceptó el reto de ver al esposo con la otra. A partir de ahí comenzó una carrera por reconquistarlo que no la ha llevado a ninguna parte.
Quiso saber qué se siente al ser infiel. Y de eso Benjamín sacó el mejor de los provechos. En su rol del otro la ha tenido y hecho sentir, a veces, como una reina. Pero, eso no es suficiente para Arianna. No fue Benjamín el elegido sino David.
Se ha acostumbrado a las mentiras del hombre, y ha aprendido a mentirle de la misma manera. En una cita con dos de sus mejores clientes conoció a Bertoni, un italiano-americano que se dedica a la investigación privada.
Al principio creyó que no quería ir más lejos, que ya era demasiado con tener a Benjamín de lleva y trae entre ambos, pero, sintió una necesidad casi compulsiva de saber más sobre los pasos de su hombre.
Entonces, fijó un almuerzo de negocios con el italiano. La reunión transcurrió como cualquier otra. Bertoni era un profesional muy competente y ella pudo comprobarlo después que depositó el primer cheque en la cuenta del investigador.
Miami es mágica, vivir en esta ciudad le ha brindado a Arianna una experiencia diferente, sensorial. A golpe de salsa o de merengue se anuncian las calles calentadas por un sol implacable.
Dondequiera puedes escuchar una historia sobre La Habana o el típico asere del cubano. Los chismes están aquí a la orden del día. Así que a Bertoni y a Arianna no les resultó difícil el entenderse.
No han sido un día ni dos. Han sido años de una relación marcada por los reportes confidenciales sobre cada uno de los movimientos de David.
Ha sido una vida donde la duda es apenas una sombra que ha cedido ante la certidumbre de la traición sin dejar espacio para nadie más.
Bertoni, le ha pedido más de una vez que lo deje todo y que se vaya a vivir con él. Los encuentros entre ambos los llevaron a una relación tan personal que Arianna siente miedo cada vez que piensa en ello. No puede ser posible que en la búsqueda de la reconstrucción de su matrimonio haya caído tan bajo.
Del italiano fue la idea de seguirlo a Cuba, él se encargó de sembrarle la inquietud. Después llegaron los videos, las fotografías, las grabaciones de las llamadas telefónicas. Por último, la compra del apartamento. Ella no quería creerlo.
—No va a hacerlo. No va a poder.
—Claro que puede Arianna, no te das cuenta que, aunque le está mintiendo está enamorado de ella.
—No, eso no es amor. Él está confundido por todo lo que pasó después de la muerte de Emiliano
—Tú no quieres ver.
—Te creo Bertoni, pero, tiene que haber otra razón. Él no pudo haberse enamorado de esa mujer.

Bertoni nunca se ha casado. Y desde que conoció a Arianna no le ha interesado ninguna otra por más que las oportunidades no le han faltado.
Está obsesionado con ella tanto como la propia Arianna con David. Sabe de la relación de esta con Benjamín, pero, no le importa. Hasta le parece gracioso. Y el que haya aparecido Fernanda lo considera como su mejor posibilidad para quedarse con la mujer.
Siente pena por la cubanita. La quisiera alertar. Le encantaría pedirle que no se suba al avión y compartir con ella toda la información que tiene sobre David; y sí que ha conseguido bastante. Hasta le parece que tiene material suficiente como para que los acontecimientos den un giro de ciento ochenta grados. Pero, mantenerse en silencio es su palabra clave hacia el triunfo si quiere conseguir lo que de verdad le interesa; porque en cuanto Fernanda esté en los Estados Unidos a Arianna no le quedará más alternativa que rendirse. Y David tendrá que poner las cartas sobre la mesa. Tendrá que hablar claro y por supuesto poner el divorcio. Anay es una pieza que no le preocupa mucho a ninguno. Es como una locomotora ya algo vieja y recalentada de tanto uso.

Bertoni está enfrente de la Gesu Catholic Church esperando por Arianna. No quiso entrar. Sabe que la mujer lleva unas dos horas en el recinto y que la tomará por sorpresa.
Ella no espera encontrárselo allí.
La iglesia es su refugio. Es un sitio sagrado para ella. Aquí viene a implorarle a Dios, cuando este no aparece en su habitación para escucharla. El lugar es imponente, es precioso y hoy está solitario. Apenas los lirios y los vitrales se animan a saludarla. La iglesia católica más antigua de toda la Florida, preserva la historia de la ciudad y los rezos de quien sabe cuánto pecador. Arianna se sobrecoge por la amargura. Se levanta y ni siquiera siente el dolor en sus rodillas. Ni siquiera quita del rostro las huellas provocadas por las lágrimas.
Está pálida, en los últimos meses ha adelgazado y apenas consigue dormir. David no puede estar trayendo a otra mujer. David no puede hacerle eso. Tiene que apartar de su cabeza la idea de viajar a Cuba para enfrentar a Fernanda.

Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta

martes, 29 de noviembre de 2016

Yo seguiré siendo

Yo seguiré siendo
tu eterna enamorada
la de las tardes de junio
la de las noches de abril
la de cuando sentías frío
y en mis brazos
te arropabas.
Yo seguiré siendo
La de la flor y la sonrisa
que te entregó en verso
una triste canción.
Enamorada eterna
en el recuerdo
en la soledad
y la nada.
Enamorada siempre
de ti.
Yo seguiré buscando
en otros labios
tus besos
en otros besos
tus labios
y cuando al fin el camino termine
y comience la noche
yo seguiré siendo
quien te arrulle en brazos
y cante como nadie
una canción de adiós.
Yo seguiré siendo
tu eterna enamorada
la de las tardes de junio
la de las noches de abril…

Sobre la autora


Lázara Ávila Fernández, (Pinar del Río, Cuba 1960) es filóloga, traductora y profesora. Mujer inquieta y apasionada por las letras, el mundo de la radio y los espectáculos artísticos. Hijos y nietos son su mayor orgullo. Disfruta mucho el cuento corto y la ciencia ficción. Ha publicado los poemarios Cinco poemas de amor (2015)  Alguien (2016) Te amé (2016) El Regreso (2016) y la novela cubana Llorar no cuesta (2015). Ha trabajado como conductora de espectáculos artísticos; como directora de programas de radio y ha impartido clases de Literatura. Es fundadora de Pinar Publisher, sitio dedicado a la edición y publicación de obras literarias y de Autores Indies, revista digital.

Educación

Baku State University, Baku, Azerbaijan
Bachelor of Science, majored in Oriental Language and Literature. Philologist,
Teacher of the Persian language and literature and Translator    1980-1985
Thesis: “Diccionario Persa-Ruso-Español” (Persian-Russian- Spanish Dictionary).
Defended the diploma work with the grade of “Excellent” in May 20, 1985.

By special decision of the State Examination Commission, Lazara Ramona Avila Fernandez was awarded the academic degree of Master of Philological Sciences.

Y vino el amor





Y vino el amor con una copa
El beso sobre el trono
La brida cubriendo un sueño
Y vino el amor como un desatino
La vida en una queja...

Y vino el amor ciego, mudo
 La esperanza
 El arcoíris, al que cortaron las alas.

 Y vino el amor sin anunciarse
 Sin hacer pagos por adelantado
 Sin compromisos
 Ni mucho que entender ni mucho que ofrecer…
 Y vino el amor vestido apenas
 Con el murmullo de un sueño
 Con el aliento de los días
 Que a veces por cotidianos se pierden sin nombre.

Y vino el amor sobre el recuento
 Y mis besos
 Y vino, para deslumbrarme, desnudo
 Y vino el amor con una copa rebosante
 Se derramó en trago amargo…
 Y vino el amor sobre la bruma
 Sobre el monte verde
 Y la primavera.

  Regresó el amor…
  Por más que intentes olvidarme.

Del libro "Alguien" de la escritora Lázara Ávila Fernández