Entrada destacada

De la novela "La trampa"


Capítulo IV

La Habana


My mojito in La bodeguita
My daiquiri in El Floridita,
                                                                                                                               Ernest Hemingway




La Habana es un espacio de fachadas humedecidas por el trópico y la sal que llega en cada gota de mar y aire respirado, de edificios rotos por el paso del tiempo donde la mano reparadora del hombre hace rato que, o no hace nada o hace muy poco. La Habana es un espacio donde desde los balcones, los hombres, muestran sus torsos desnudos y las mujeres se asoman con escasa ropa para tomar el fresco; y disfrutar todos del último chisme o estar pendiente de si entró el huevo o el pollo… Es un lugar donde además de un almendrón te puedes encontrar a un pregonero vendiendo lo inimaginable pero es también uno de esos sitios privilegiados sobre la faz de la tierra donde convergen razas y creencias en un ajiaco del que aunque parezca que se ha hablado mucho vale la pena mencionarlo porque conforma lo cubano, donde la gente además de hospitalaria, es una suerte de buscavida perenne, condición que no ha escapado a la mirada perspicaz de David que con Fernanda del brazo sube la calle Obispo encaminándose hasta El Floridita, un restaurante-bar mundialmente famoso gracias a Ernest Hemingway quien fue un continuo marchante del lugar durante sus largas estancias en la isla. La piña de plata fue el primer nombre del bar cuando abrió en mil ochocientos diecisiete; después comenzó a conocerse como La Florida para finalmente ser bautizado como El Floridita. Y se le reconoce como el primer restaurante-bar en la isla en usar una batidora y brindar el servicio de sobremesa con habanos. Una joya de la gastronomía cubana a la que muchos rinden culto y donde se conservan más de mil fotos del escritor estadounidense.  Su fachada se despliega justo en la calle Obispo No.557 esquina a Monserrate en la Habana Vieja y casi siempre está custodiada por autos de alquiler y personas que esperan para entrar o que simplemente son transeúntes que van y vienen. 





El lugar está atestado de gente, pero ir a Cuba, a La Habana y no estar, aunque sea por unos minutos en El Floridita es como si jamás hubieras pisado suelo cubano o al menos eso piensa la mayoría de los turistas que visitan la isla. En una esquina la presencia del gran escritor custodiada por una sonrisa bonachona en su rostro de bronce y acodado sobre la barra como si invitara a todos a la selfie moderna, al post sempiterno que habla de la maravilla de lo humano y casi nunca del dolor.

David y Fernanda consiguen un espacio y piden un daiquiri. Para ella el ambiente es la sorpresa porque su vida ha transcurrido siempre en el limbo de los de abajo, para quienes refrescar del calor y de la humedad cubana la mayoría de las veces ha significado ir hasta la mata de naranja o de limón, luego a la cocina y preparar una limonada con algo de azúcar, y un poco de hielo cuando las circunstancias lo permitieron. Que Fernanda no sabe de lujos ni de vida nocturna, ella desconoce ese mundo porque en su pueblito pequeño amén del Joven Club donde la gente joven iba a bailar y a  «desconectar un poco», no había mucho más. Así que el sitio le parece fascinante, como si estuviera en cualquier parte, menos en Cuba. Sonríe algo atontada, se aproxima al hombre y se deja llevar por el sabor dulzón del daiquiri, disfruta la frialdad del trago que al mismo tiempo deja escapar un hálito caliente que le enciende las mejillas. David la mira y se siente poseído por la fascinación que la contemplación de la mujer le aguijonea.   Es una sensación que, en medio del torbellino del lugar, de sus luces y colores, del ambiente le provoca las ganas de besarla y lo hace acercándola suavemente, dejándose llevar por los sentidos, olvidándose de todo y de todos, echando a un lado cualquier preocupación o duda. Sintiéndose el dueño del mundo.  Feliz en la Habana mientras afuera un aguacero torrencial sorprende a la ciudad. 

Comentarios