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viernes, 23 de diciembre de 2016

Tú estás loco, tienes que estar loco

Capítulo V
A Fernanda una mujer la recogerá en el aeropuerto de Quito. Su paso por Aduanas será sin mayores contratiempos. David se ha encargado de la renta del hotel de esa manera no solo cumplimenta uno de los requisitos para que las autoridades le permitan la entrada al país, sino que la muchacha dispondrá de unas horas para descansar y hasta para dar una caminata por el centro de la bella ciudad.
A veces soñar es un privilegio de pocos y David quiere darle ese regalo: que la travesía hasta los Estados Unidos sea una experiencia diferente a la de la mayoría de los cubanos que se quedan sin dinero en medio de la nada a merced de los coyotes.
Son más de cuatro mil kilómetros y unos ocho países los que Fernanda tendrá que atravesar y ha sopesado cada variante, cada escala, cada manera para estar al tanto, para hacerle lo menos angustioso posible este viaje.
Lo otro hubiera sido el mar; pero no quiso esa ruta para ella. Pagar una lancha, hubiera sido mucho más fácil y hasta menos riesgoso. Fue la propia Fernanda quien casi le suplicó que no. Y él entendió su premonición.
Y para pedirla como Dios manda necesita estar divorciado. Aunque ya eso no cuenta, en unas horas ella estará en Quito. Y sí, claro que se va divorciar, pero ahora no. En este momento se ha concentrado en tener dinero disponible y en pensar.
Por ello ha añadido un tablero adicional en la pared con un mapa de Centroamérica, y sobre la mesa larga, donde hay recortes de periódicos sobre Cuba, ha desplegado cartulinas para figurar la ruta. Nombres de hoteles, teléfonos de personas, de enlaces que al final no son más que gente dedicada al tráfico de cubanos.
¿Confiar? No confía en nadie. Y siente miedo.
La noche anterior le dio ánimos a la muchacha. Le dijo:
—Todo va a estar bien.
Pero, hoy no está tan seguro.  Ya Fernanda debería haberlo llamado, pero, aun no lo ha hecho y eso le hace dar pasos de una a otra esquina del apartamento. Le dijo a Arianna que estaría muy ocupado fuera de la ciudad atendiendo a un cliente.
Ella por respuesta se le colgó al cuello y lo besó como si entre ambos todo estuviera como antes.
Los dos saben muy bien que esta relación de ellos es una mampara para un mundo de negocios en que guardar las apariencias aporta dinero. Arianna a veces lo confunde y lo deja sin aliento, sin saber cómo actuar ante sus excéntricas demostraciones de amor o excesos de frialdad.
— Está loca, —piensa mientras intenta poner distancia al abrazo.

No ha podido llamar a la mujer que recibirá a Fernanda. De ella solo sabe que es una cubana radicada en Ecuador desde hace unos tres años y dio con ella por medio de Matías un ecuatoriano recomendado por Omar, el gerente de uno de los hoteles de la ciudad que le debe algunos favores.
Después de mucho rodeo Omar accedió a presentarle al hombre. Matías es muy escurridizo y nunca le dio ni su número de teléfono ni ninguna otra manera de contacto.
Se reunieron en las afueras del Barzola, a la intemperie. El sujeto no quiso entrar al establecimiento y todo el tiempo tuvo los ojos cubiertos por unas gafas oscuras.
El hombre le dijo que por sacarla sana y a salvo de Ecuador hasta Panamá, eran mil cien, pero, como él quería que “la señorita viajara en clase de primera” tenía que darle mil quinientos antes de que se montara en el avión y dos mil en cuanto la recogieran en el aeropuerto.
Le pareció mucho dinero. Y trato de encontrar algo más económico, pero, no lo consiguió. Entonces, le pidió a Omar que volviera a contactar al ecuatoriano.
Matías se apareció de mal talante:
—¿Pana, tú me estas mirando cara de pendejo o ya te convenciste de que cuesta?
Se puso de acuerdo con el hombre.
Tuvo que hacerle el pago en efectivo y el otro lo hará Fernanda, también en efectivo. En el aeropuerto la cubana será recibida por una coterránea que llevará un ramo de rosas rojas adornadas con dos lirios, un cartel con su nombre: Fernanda e identificación falsa para el trayecto.

Ipiales, Turbo y Carpurganá son algunos de los nombres que se ha venido aprendiendo y que le ha explicado a Fernanda:
—Por si sucede algo, por si no van a recogerte. Tienes que saber… apréndete esos nombres chiquita. Y no tengas miedo.
Hay algo que no le dijo a la muchacha y cuando piensa en eso siente un escalofrío que le comienza en la espina dorsal hasta la raíz del cabello y le hace contraerse de manera involuntaria. Y es que habrá momentos en que talvez la única forma de movilizarse sea en canoa y Fernanda no sabe nadar.  Después que llegue a La Miel, ya en Panamá deberá viajar hasta Puerto Obaldía y de ahí en avioneta hasta Ciudad de Panamá. Ese último trayecto deberá hacerlo sola. El compromiso de Matías es hasta La Miel.
En Ciudad de Panamá él le enviará dinero. Ramírez se encargará de llevarla hasta Costa Rica. A Ramírez le tiene menos confianza a pesar de que lo conoció personalmente.  Es un dominicano al que le dicen El Camaleón. David que conoce muy bien a los hombres sabe que es alguien sin demasiados escrúpulos, pero, pondrá su avioneta a disposición de Fernanda y eso es lo que vale. La dejará muy cerca de la frontera con Nicaragua en manos de un traficante que ha prometido llevarla hasta el límite de México con Los Estados Unidos.
David respira hondo. La intranquilidad se apodera de él. Fernanda no acaba de llamar y eso le hace sentir un desasosiego enorme.  La vida de la muchacha ha sido puesta en manos de gente extraña, acostumbrados a matar por dinero.
Ahí están las noticias y él no es nuevo en este mundo. Pero, nada puede sucederle a ella. A ella nada puede sucederle y se aferra con fe a un crucifijo que le cuelga de una cadena en el pecho para pedirle a Dios por Fernanda, para que se la cuide por esos caminos inciertos, para que se la proteja en medio de tanta maldad.
Es un crucifijo pequeño que se pierde entre sus manos grandes, pero que le acompaña siempre, en las malas y en los buenos momentos. Cuando lloró, cuando rio. Cuando supo la verdad sobre Maruca. Es un crucifijo que Emiliano le regaló poco antes de salir de Cuba.
—Era de tu madre, a ella le gustaría que lo tengas.
Y ya más nunca se apartó de él.

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