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jueves, 1 de diciembre de 2016

Síndrome de abducción

Por Lázara Ávila Fernández 


La puerta se abrió y un insoportable olor a heces de gato golpeó su nariz. Hacia el costado derecho había un sofá, en la otra dirección una tele ruidosa les da la bienvenida. El hombre no hizo comentario alguno y ella solo sintió un sobresalto que le hizo llevarse las manos al estómago.
Afuera un viejo fuma mariguana.
Acomodaron de a poco el maltrecho equipaje. Habían viajado durante casi veinticuatro horas consecutivas en aquel tren de segunda.
Después de un baño y de dormir unas horas conocieron a René el otro inquilino, un hombre de unos veintiséis años de edad que habla sin parar. Se siente frustrado y se ha auto diagnosticado depresión:
–Mire, Lidia yo he trabajado toda mi vida, desde que tengo uso de razón. Y cuando yo trabajaba yo le daba dinero y dinero a mi papá. Ahora que yo estoy desplumao' él solo tiene para mi hermano que es un vago para nada y para la mujer esa que ya viene. Sí, él dice que ya viene. La está esperando... y yo sé que a ella   sí le manda dinero, a ella y a la hija que tiene con ella... No, esa no es mi hermana, ya con el hermano que tengo aquí es suficiente.
La arenga se extendía por horas hasta que cansada la mujer buscaba una excusa y se iba a su cuarto.
Afuera el viejo hacía hasta lo imposible por mecerse en una silla medio rota. Nadie sabía cómo lo conseguía, pero ahí le daban las tantas de la noche buscando la manera hasta que la silla se balanceaba. ¡Y se balanceaba!

Tres meses después el olor a heces era más soportable porque la gata, ahora parida arrullaba a sus críos en un pasillo exterior. René la alimentaba.
La mujer salía a diario con la esperanza de que apareciera su oportunidad.
–¿Tiene transporte señora? ¿No?, bueno, llámenos cuando haya conseguido un transporte real.
–¿Es bilingüe señora? ¿No?, entonces, lo siento la posición es solo para personas perfectamente bilingües.
Los estafadores estaban a la orden:
–Puedes comenzar ahora mismo, pero, no te puedo pagar. Yo sé que tú vales. Pero, míralo así trabajando conmigo ganas en experiencia, aprendes, te empapas de todo. Yo comencé de esa manera...

El 24 de agosto se hubieran cumplido tres meses y medio de haber llegado a aquella casa. La noche anterior había sido calurosa a pesar del aire acondicionado. Y la gata quiso abrir la puerta de la habitación donde Lidia y el amante descansaban.
Afuera el viejo escuchó los maullidos. Y llamó a René para avisarle de que la “misu” estaba adentro. Luego recordó que éste no regresaría hasta el siguiente día. Entonces, pensó que si la pareja no escuchaba a la gata era porque ambos estaban profundamente dormidos; así que siguió en su habitual guerra con la silla y el pitillo de marihuana.
A eso de las tres de la madrugada el viejo decidió irse a descansar. Estaba oscuro. Ya no escuchaba a la gata.
–Se calmó–, pensó y farfulló algo ininteligible.

A la mañana siguiente, cuando llegó la policía René era un manojo de nervios, apenas balbuceaba alguna palabra. Fue él quien encontró la sustancia viscosa en el suelo.
Dentro era un caos. Había arañazos por todas partes. De los cuerpos no había rastro. Solo una mancha repugnante y maloliente.
Tres pares de ojos pequeños y asustados buscaban a la madre, –desde el flanco izquierdo de la puerta de entrada.
Las sirenas rugían. Los agentes de policía se veían nerviosos. El viejo salió al pasillo medio adormilado.
Poco después cuando fue llamado para brindar su testimonio, la Jueza del Condado desestimó su declaración alegando “síndrome de abducción”.
René fue hallado culpable.

Publicado originalmente en El Regreso 

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