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domingo, 27 de noviembre de 2016

Fernanda (hasta el capítulo V)

Capítulo I
Fernanda y la muerte

El cementerio está casi desierto. En la distancia un hombre lleva una carretilla con unos trozos de ladrillo y un saco de cemento arriba. La tarde anuncia un aguacero mientras el lomerío se pierde en medio de las nubes bajas. Una lápida recién puesta deja ver un nombre de mujer. Las flores de las coronas están mustias. No han soportado el calor ni la humedad excesiva. El pitar de una locomotora que avanza lenta se abre paso en medio de la nada queriendo arrebatarle al silencio la tristeza. No lo consigue.

La muchacha lleva horas mirando fijo hacia cualquier parte, ensimismada en su dolor. Ya no corren lágrimas por sus mejillas. Y ni siquiera le molesta la peculiar fetidez del campo santo. Sumergida en sus pensamientos y recuerdos pareciera que se siente a gusto en el lugar... Viste una blusa de tirantes que permite contemplar el bronceado de su piel, humedecida por el sudor. El pelo es una cascada negra y natural que le hace piruetas sobre los hombros. Pidió quedarse sola y la complacieron a regañadientes, tal vez, porque no la creen tan fuerte de carácter. La gente que la acompañó se fue despacio, la mayoría a pie, otros en bicicletas, y solo algún allegado de Artemisa, de donde era la abuela, se fue en un carro de alquiler. En una de esas máquinas, o autos vintage que tanto gusta a los turistas cuando vienen a la Isla. ¡Son un museo rodante! Los cubanos lo saben; esas máquinas viejas, maquilladas con motores de Lada: ¡Son un museo rodante!¡Almendrones, cara’! Y aunque no todos reparan en ello, dan las gracias porque existen y porque funcionan todavía. Cuando la gente está necesitada aparece el dinero para alquilarlas: milagro cubano incomprensible y que es probable que se dé por obra y gracia de la divina Misericordia. Chevrolet, Dodge y Pontiac son algunas de las principales marcas que aún muestran su vigor a pesar de que dejaron su virginidad en las manos de algún ingenioso mecánico, capaz de realizar el más atrevido reciclaje para que funcionen. La mayoría de los años cincuenta, la mayoría con la huella del sol y el asfalto caliente sobre cada remache o tuerca. Sin dolor aparente. ¡Almendrones, cara’!

Fernanda toca cada flor. Lo hace acariciándolas, en espera de que la muerte le responda las mil y una interrogantes que lleva dentro. La muerte le parece un edifico alto, inescalable. Hasta hace poco era solo una dimensión intangible. Ahora, es diferente: la muerte tiene ojos, un rostro desdibujado, una expresión incoherente. La muerte se le ha escabullido sin darle una respuesta. Primero fue el padre, después Cacha; la madre que un día se fue para ya no regresar. Pero, en ese momento ella no tenía edad suficiente para entender ni hacer cuestionamientos. Con la abuela es distinto. Ha sido su todo desde que tiene uso de razón. La abuela no puede ser que haya ido. Ella no le haría eso.

Busca una lágrima en su interior. Solo un alarido sordo puja por enloquecerla, más lo estrangula antes de que pueda salir. Aprieta fuerte sus manos, una contra la otra a la altura de su barbilla, y se imagina a la abuela meciéndola en un sillón. Ella es pequeñita, y tiene hambre. Afuera se escuchan unos grillos y el croar de las ranas, adentro en medio de la oscuridad los mosquitos la pican a pesar de que la abuela sacude con fuerza hacia arriba y hacia abajo un ripio de toalla pretendiendo azorar a los zancudos.
¨Esta niña linda que nació de noche quiere que la lleven a pasear en coche...¨, le canta la abuela. La melodía se escucha lejos. Hay un silencio oscuro. Cada quien muerde su pena a su manera, pero, ella es una nena inocente. No entiende de apagones ni de tristezas. Ella lo tiene todo: el abrazo de la abuela. Y su canción preferida. No le importan las paredes sin color, manchadas por el hollín de una chismosa: la botella que no falta con un poco de gas adentro y una mecha para alumbrar la casa en noches de apagón. Ella no sabe de tarjetas de abastecimiento ni de carencia de juguetes. La abuela le hace muñecos de papel enlazados de la mano y que recorta con unas tijeras grandes. Fernanda es feliz con sus recortes y hasta le ha puesto nombres...
La abuela no, la abuela nunca la dejaría. Es fuerte su abuela, es cariñosa. Es invencible a pesar del hambre y la miseria, que poco a poco, después, comenzó a entender:
-Falso, las miserias del cuerpo y del alma jamás son entendidas, por más justificación que uno quiera darle. Y la miseria compartida es peor, porque entonces toca a más el dolor y la escasez. Habría que compartir la abundancia, no lo que no existe, no lo que falta. Eso es imposible... es imposible repartir lo que no se tiene, —piensa.
Creció mirándola hacer, mirándola buscar alternativas para poner la comida en la mesa, exigiéndole que estudiase aun cuando la mayoría comenzaba a decir:
—Estudiar, ¿para qué? Si nadie vive ya con su salario.

Es dos de febrero y todos andan festejando a su modo el Día de la Candelaria y lo hacen casi siempre en familia. A ella le “tocó bailar con la más fea”. No recuerda a la madre y mucho menos al padre. De él sabe más porque la abuela se encargó de contarle: 
—Este es tu papá, cuando era chiquito. Mira, mira esta foto con su pañoleta. Te fijas en su sonrisa. Era precioso tu papi. Oh, si estuviera aquí. Si no se hubiera ido nunca pa’ La Habana… si no se hubiera ido nunca.
Y la abuela se ponía a llorar. Siempre terminaba llorando. Creció mirándola llorar. No hubo un día en que no recordara al hijo ausente. En que no le dijera lo mucho que lo extrañaba.
Más de una vez la sorprendió hablándole. Y cuando insistió en llevarla al doctor porque aquello podía ser alguna enfermedad mental provocada por la edad, la abuela se enojaba:
—Yo no estoy loca. Déjame hablarles a mis muertos. Tú sigue en lo tuyo, en tus estudios, en tu trabajo, que yo no estoy loca.
Y no hubo manera ni fuerza que la sacara de ahí. Fuerte como una roca amanecía pegada a una batea. Lavaba para la calle, y su orgullo era decir:
—Mis manos no rompen la ropa como esas lavadoras rusas, mis manos sacan el churre y no rompen la ropa.
Ni siquiera cuando Fernanda se graduó y comenzó a trabajar en la escuela ella dejó de lavar para la calle.
La batea es de cemento, con un orificio que la abuela tapa para que el agua no se salga, pero, que al mismo tiempo le permite cambiar el líquido jabonoso por agua clara para enjuagar la ropa. Un tanque oxidado hace de pedestal, otro menos herrumbroso se mantiene lleno para garantizar el lavado de la ropa. A veces cuando el agua no entra la abuela pelea y se queja de todo y de todos; entonces, va hasta la cuadra siguiente donde hay un pozo y desde allí la carga. Fernanda nunca pudo entender de dónde es que la abuela sacaba fuerzas para acarrear con dos cubos casi hasta el tope, desde tan lejos.
—Tu salario no alcanza mi’jita, por eso sigo haciéndolo. Es mi manera de ayudarte.
—Me has dado demasiado, casi la vida. No sé qué más quieres darme, deberías descansar.
—Mira, deja a tu abuela tranquila y concéntrate en tus tareas y en tus clases.
Su abuela había sido una luchadora y ella sentía que no había hecho lo suficiente para demostrarle cuánto la amaba y respetaba. Cuánto iba a extrañar su eterna sonrisa, sus abrazos y mimos.

En el Museo y en La Casa de la Cultura, la gente está celebrando el Día de La Candelaria. “Personalidades” e “hijos ilustres” del pueblo residentes en otras provincias o municipios han sido invitados a la fiesta por el Día de La Santa Patrona. En la Iglesia también hay movimiento.
El Museo está ubicado en una casona vieja que atesora la historia de la localidad. Nombres de gente ilustre de todos los tiempos se guardan con celo en sus anaqueles.
Su abuela detestaba la celebración porque su Fernando nunca podría ser invitado y para ella su “muchachito” es también un hijo ilustre que la muerte se llevó demasiado temprano.
Salió de aquí porque no le quedó de otra. Porque to’ estaba muy malo  y quería darte de comer a ti y tu madre... Pobre madre tuya, a saber, qué fue de ella. Todavía recuerdo cuando te dejó conmigo y tú llorabas. Y yo que le dije: “no mires pa’ tra’”. Ojalá y no me hubiera hecho caso, coño, ahora estaría aquí con nosotras, ahora tendrías a tu madre y a tu papá contigo. Pero, este país de mierda acabó con to’. Con la familia, con la gente. Y cada vez está peor.

Cada dos de febrero, la abuela, le corta las puntas del pelo:
—Pa’ que te crezca bonito. Tu mami era bella, pero tu sacaste el pelo de mi Fernando. Tu eres una blanquita medio echa’ a perder, pero tan linda como tu mami.
De dónde le venía la costumbre; ella no sabe. Pero ese día aparecían unas tijeras y las vecinas hacen cola en el portal para que la abuela les corte pelo:
—Deberías cobrar, — le dice Cuca que vive enfrente.
—Mi’jita, no, que entonces no puedo venir, — le increpa Augusta.
—Ni yo, y la abuela tiene las manos benditas, —dice Barbarita.

Fernanda acaricia la lápida; retiene una lágrima. En una de las cintas lee: “David Cepera Hernández y Familia”. Ella le había avisado al hombre de la muerte de la abuela, y no tiene una idea exacta de cómo se las agenció para enviar una corona a su nombre. El asunto es que allí está haciendo acto de presencia, en la distancia. Quien si no se apareció fue Raúl. Está muy resentido con ella.
La abuela nunca estuvo de acuerdo. El hombre le lleva unos años y ella lo conoció por casualidad, después de una reunión de trabajo que tuvo en Pinar del Río.
Esperando por algo que la recogiera en la acera del Museo de Ciencia Naturales, un carro de turismo se detuvo. Un hombre descendió y le dijo que se sentía cansado. Si ella le daba un poco de conversación, con gusto la dejaba frente a su casa:
—Sin tocarte un pelo, te lo aseguro, que no mi hija, pero, pudieras ser mi sobrina.
A Fernanda le gustó su sonrisa y le respondió:
—Si nos llevas a las tres, pues, trato hecho.
En realidad, no conocía a las otras dos mujeres por las que abogó, pero, no podía irse con un extraño por más necesitada que estuviera de regresar a casa. El transporte malo y ella con sus ideas anticuadas.
Desde el Museo Tranquilino Sandalio de Noda, Palacio de Guash, hasta la salida de la ciudad, frente a la Sede Universitaria, la gente se ha ido aglomerando a la espera de que algo los recoja. Es una situación que se repite todos los días debido a la falta de transporte. Impelidos por la necesidad le sacan la mano a todo, a las escasas y caras máquinas de alquiler, los almendrones; a las rastras que de regreso a La Habana recogen personal y cobran altos precios por llevarlos en la parte trasera sin un mínimo de seguridad, a veces como si fueran reses. A alguna que otra camioneta. A los turistas.
Es una imagen triste la de esta ciudad enclavada al Occidente de la Isla. Pinar del Río, capital del municipio y de la provincia cubana de igual nombre fue fundada en el siglo XVII aunque hay quienes afirman de que sus orígenes datan de un poco antes, en 1578. Bella como ninguna otra; famosa por su tabaco, por el Valle de Viñales, por la fauna y la flora de la Península de Guanahacabibes; por su gente servicial y amigable es Pinar del Río con sus marchantes sudorosos y cansados, agolpados en las aceras pidiendo “botella” una imagen triste.

A David no hubo que hacerle una señal. Él se detuvo justo frente a ella, solicitando un poco de compañía para no quedarse dormido. Estaba en Cuba por unos días, y vino a ver su madre en Guáimaro, Oriente. Había traído paquetes de la gente y ese es el motivo por el que ahora está en el corazón de Pinar del Río, sintiéndose cansado y perdido, después de entregar el último bulto en el poblado de Guane.
Las tres mujeres subieron al Tur, carro de alquiler solo para turistas. Atrás fue quedando la ciudad de Pinar del Río y el Museo. La Sede Universitaria, la Residencia Estudiantil; las gentes sudorosas pidiendo “botella”.
En una hora y 20 minutos le contó su historia. Su salida del país en el 1994, su estancia en Guantánamo, la estadía obligada en Panamá y luego Miami. Va y viene cada seis meses a ver a la madre y eso le ha traído no pocos problemas con los empleadores. Pero su madre está primero y él es hombre, trabaja en lo que aparezca. No le tiene miedo al trabajo.
No quiso dejarlas debajo del puente de la Autopista por más que las mujeres insistieran en que podían recorrer los dos kilómetros que las separaban del pueblo a pie. A cada una las dejó en el portal de sus casas.
Tres días después llegó preguntando por Fernanda. La abuela fue quien lo recibió, y le dijo que su muchachita, para ella seguía siendo una niña, no salía con extraños.
Fernanda no supo bien cómo, pero, David logró convencer a la abuela. En la tarde cuando regresó de trabajar, él estaba allí conversando con ella, animadamente, esperándola. Su vuelo saldría en unas horas desde el aeropuerto internacional José Martí, en La Habana.
Así fue como comenzó todo. Él tenía que regresar, pero le dijo a Fernanda que volvería, aunque después ya no pudo cumplir su promesa. Le dejó un teléfono:
—No te conozco, no me conoces, pero, me gustaría tanto volverte a escuchar. Quédatelo, por favor.
Ella se vio aceptando el regalo y el hombre se despidió. A la abuela no le gustó aquello.
—Es casado, mi’jita. Verás que es casado. ¿Qué buscas en un hombre de tan lejos? 
Después todo se complicó. Raúl, el novio supo del enamorado del ‘Yuma’ y la dejó:
—Tú te piensas que yo soy un cabrón Fernanda y que porque el tipo ese es un ‘yumita’ te voy a aceptar la jugada.
—Que no tiene nada conmigo, apenas somos amigos.
—Primero fue el teléfono Fernanda, después la llamadera a cualquier hora, a la menos apropiada. Ahora es dinero. No si ahorita, me lo metes en la cama.
—Estás celoso por gusto. Es mi amigo. Solo eso. Además, mi’jito yo nunca me iría de Cuba y dejaría a mi abuela por detrás...
—No me jodas, Fernanda.
Y ahí terminó todo, su calma, su paz, su tranquilidad y hasta la relación con la abuela que también le reclamaba.
—Raúl es un buen muchacho. No entiendo a esta juventud. Ni sé que tienes en tu cabeza. Si tú te vas, tú sabes que yo me muero.
—¡Ay abuela! yo no voy para ninguna parte. Él solo es mi amigo. Caramba, que esto no puede ser algo diferente. Estamos tan acostumbra’os a tanta mierda, que to’ el mundo piensa que el otro es igual. Yo nunca me voy a ir de Cuba, abuela, ya te lo he dicho mil veces. Sólo somos amigos.
Y se metía debajo del mosquitero tratando de huirle a los mosquitos y a la mirada acusadora de la abuela. Un día la descubrió hablando con la madre muerta y entonces sintió una pena profunda por ella y fue entonces cuando se prometió no abandonarla nunca:
—Tienes que venir. Cacha, no puedes seguir por ahí. Esta hija que dejaste esta rebelde. Ya no me hace caso y ahora le ha dado por estar hablando con el ‘yumita’ ese. Y pa’ colmo de males es mayor que ella. Se la va a llevar, ella dice que no, pero se la va a llevar... Cacha, hijita, que la perdemos. No puede hacerme esto. Donde quiera que estés, es hora ya de que regreses, tú hija te necesita. Va a hacer una locura, peor que la que tú hiciste.
Casi sin respirar, tratando de hacer el menor ruido posible y para no asustarla la llamó bajo:
—Abuela, abuela ¿a quién le hablas? Ven, acuéstate un ratito conmigo que es muy temprano para que estés levantada. O mejor métete a la cama que te voy a hacer un café como a ti te gusta: fuerte, amargo y escaso.
  
Fernanda sigue acariciando las flores. Unas gotas de lluvia comienzan a caer, pero, ella no se mueve. Sigue de pie allí esperando a la muerte. Le tiene una sarta de preguntas listas. No puede ser que se haya llevado a la abuela. La muerte..., sólo la muerte debe saber a dónde se llevó a su madre también. Y no puede ser que esta vez se escape sin respuestas.
                                                   Continuará...


Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta

Capítulo 2
Mis pensamientos
La ventanilla del avión le devuelve un panorama surrealista. Un par de ojos la miran en la distancia y ella se sobrecoge asustada. A su lado, una señora le pregunta:
—¿Es tu primera vez?
Fernanda no la escucha. Y ni siquiera oye la voz del piloto dando la bienvenida. Le hubiera gustado arrebatarle a la muerte, una vida, dos. O al menos un instante de existencia. Sigue con su mirada puesta en los azulosos destellos que dejan entrever la figura delgada de una mujer y aprieta con fuerzas el pasaporte que aún permanece aferrado a sus manos. Está muy tensa. Es posible que ese sea el motivo por el que no lo ha guardado.
Le dijeron que se lo quitaban al subir al avión. Está a la espera de que eso suceda. La aeromoza sale sonriente. Su vestido es elegante; no parece tener más de treinta años. A Fernanda le hubiera gustado ser como ella o como la mujer que en el horizonte la saluda mientras el cabello le adorna los hombros. Hubiera preferidollevar el pelo suelto, pero, a última hora decidió hacerse una trenza. Estaba tan nerviosa que desistió del peinado complicado que Alicia deseaba hacerle.
—No vas a llegar despeluzada. Tienes que verte bien.
—No quiero, —le responde —. Hazme solo una trenza, por favor. Con este calor no creo que soporte el pelo suelto.
—Ay, Fernanda. ¡Estas imposible, mi’jita! Pero, bueno, linda como siempre. Si tu abuela estuviera aquí se iba a sentir orgullosa de ti.
—No creo. Ella jamás hubiera aprobado esto. Tú lo sabes. Tú conoces muy bien la historia, de tantas veces habértela contado. Es ella la que me tiene así. Es mi madre, también, la que me tiene así. Anoche se me apareció en un sueño…
—Mírate, mírate en el espejo a ver si te gusta, —le dice la amiga sin escucharla.
—Así está bien. Sabes, yo no te voy a olvidar nunca. ¿Quién me va a hacer una trenza, allá?
—Allá vas a estar bien Fernanda. Allá vas a poder dar clases de inglés, que para eso eres una mujer preparada. Además, ese hombre te quiere.
—Pero yo no sé si lo quiera a él. No, nos hemos visto. Solo aquella vez cuando nos conocimos y tengo mucho miedo. No sé a quién coño saqué este miedo porque mi madre fue una arresta’ y mi abuela también. Papá tampoco se quedaba atrás…
Ha repasado las respuestas que deberá dar en inmigración de Ecuador. Una y otra vez ha ensayado cada palabra y gesto. Es mucho el dinero que su hombre está pagando por este viaje como para que la regresen por un error. Busca un lápiz labial en el pequeño bolso que tiene sobre las piernas. Es negro con una chapa plateada en la que el diseñador dejó su huella para que costara más. Fue hasta La Habana a comprarlo, porque debe dar una buena impresión a las autoridades, al menos, eso le explicaron mientras preparaba el viaje. Necesita dar una imagen de mujer independiente a la que le gusta el turismo ecológico. A los efectos estará unos 90 días. Imagina que se ha preocupado por gusto y que debería escuchar a los que le han asegurado que al pasar por la Aduna del país Andino solo le dirán: ¡Bienvenida a Ecuador! Si fuera así, mucho mejor. No es muy buena para mentir y se siente insegura. Ella quiere decirles a todos que el motivo de su viaje es otro.
Cuando nunca imaginó que pasaría nada en su vida apareció David en la carretera buscando una excusa, quien sabe si para subirla al auto o para enredarle su existencia. No cree en las casualidades ni en el destino, pero, su historia es medio rara. A veces no encontraba las mejores palabras para explicarle a la abuela que Raúl era un tonto por estar celoso de David y que entre ella y el hombre no había nada. Al final su abuela tuvo la razón y ella está allí rumbo a un lugar ajeno sintiéndose nerviosa y abrumada.
—Hay miserias que se llevan con uno y que pesan demasiado como para respirar con tranquilidad, —piensa.
Las conversaciones con David se hicieron cada vez más frecuentes. Y después que la abuela murió el hombre se metió en su vida como una sanguijuela solo que no le chupaba la sangre, le estaba regalando una nueva vida, un mundo totalmente diferente. O al menos una promesa. Él está consciente de sus sentimientos, de sus temores.
Decidirse no fue fácil, aun cuando muchos supusieran que actuaba como una más. La muerte de la abuela le dejó un vacío, un desconsuelo irremediable. Comenzó a percibir el mundo a su alrededor de una manera diferente. Entró a una condición de mutismo severa. Los silencios comenzaron a alargarse y solo eran interrumpidos por el ring-ring del celular. Y no es que no hablara con nadie, no es que dejara la escuela, el trabajo. Es que su naturaleza interior cambió sobre todo después de la muerte del abuelo materno. Pocos días después de que enterrara a la abuela.
No había tenido relación con él, casi que no sabía de su existencia. Un día la abuela la llevó a que lo conociera.
—Se va a morir y no vas a conocer a tu abuelo por parte de madre. Ya estás grande, ya es hora de que te diga quién es.
Ella tenía unos trece años de edad. En el camino, todo el tiempo a pie, las sorprendió un aguacero y tuvieron que protegerse de la lluvia en el portalito de la bodega que está en la 31. Siempre recuerda ese día porque llegaron empapadas y sintió frío, un frío intenso y era pleno agosto.
El abuelo, Reutelio María, no se levantó del taburete a saludarla ni a ella ni la abuela y se mantuvo todo el tiempo siguiendo el surco que hacían unas santanillas sobre la mesa de madera. Aplastaba a unas y a otras las agrupaba como si estuviera escogiendo arroz.
Reutelio María tenía sucias las uñas, el pelo descuidado, el desemblante desencajado. Había una hija con él que se quedó boquiabierta cuando la miró.
—Es linda, tu Fernanda es linda. Se parece a Cacha.
Y ya no dijo más. Se apresuró a servir el café que había estado preparando para la visita. Ellas se fueron y a Fernanda le pareció que algo había quedado por decir.
Un año, dos años, poco más de una década. Su graduación. El tiempo que transcurre sin que nadie pueda detenerlo. Un abuelo en alguna parte que no importó casi nada porque jamás hubo lazos entre él y su nieta. Un secreto de familia tan bien guardado hasta pocos días de la muerte de Reutelio María.
Cuca la vecina del frente se encargó de contarle. La historia había pasado de boca en boca en un susurro. Todos la sabían menos ella. El pueblito es pequeño. El más pequeño de Pinar del Rio, en extensión, pero pueblo pequeño infierno grande y las malas o las buenas lenguas sabían la terrible verdad. Su madre había vivido con el abuelo. Su madre, de la que no había un retrato, apenas su rostro. De la que no había una presencia, apenas en sueños había vivido con el padre, con el viejo y decrépito Reutelio María. El abuelo sucio y loco. El abuelo al que practicamente no conoció y ahora venían a decirle.
Lloró y se maldijo. Y entonces fue que aceptó la propuesta tantas veces hecha en los últimos meses:
—Ven a vivir conmigo. Te pago el viaje, será por Ecuador. Mucha gente está viniendo por ahí. No va a pasarte nada y no te vas a arrepentir.
Lo que no entendía bien era por qué el hombre no podía venir y casarse con ella. Por qué tenía que hacer ella este viaje como una paria por todo Centro América. De estar casados hubiera sido solo presentar los papeles en la embajada americana y es muy probable que en menos de seis meses ella hubiera estado volando rumbo a Miami, en cualquiera de los chárter que desde el Sur de la Florida llegan a la capital cubana.
Ahora, le parece que se está repitiendo en ella la historia de la madre, solo que por tierra y siente un vuelco en su estómago.
Cuando salga de Aduanas irá a un hotel. De la manera en que todo ha sido arreglado estará dos días en Quito. Es probable que le dé tiempo para caminar por la ciudad. David le dijo que el Centro histórico es precioso. Él no podrá acompañarla. Tiene que trabajar y cada minuto cuenta para hacer dinero. Eso es lo que le ha dicho siempre. No ha conocido a nadie de la familia de David; y hasta ahora es que repara en ello. Debe ser su nerviosismo, pero de repente siente que de alguna manera David evitó que ella conociera a su gente. La excusa de que estaban lejos, de que no tenían teléfono…, en fin, que lo que hasta hace unas horas le resultó normal en este minuto la inquieta.
Necesita que el vuelo aterrice para llamar a David, necesita hablarle. Su voz la ha acompañado en los últimos meses y ahora necesita hablarle con urgencia. Busca la trenza y recogiéndola en un gesto automático la lleva hacia el frente. Se arrellana contra el respaldar del asiento y recuerda las recomendaciones de David.
Hay un sitio especial que él le pidió que visite: La mitad del Mundo. David, le dijo:
—Tienes dinero, no dejes de ir. Hazte una foto con tus pies sobre la raya amarilla.
Ella se echó a llorar, y él le habló muy suave. Su voz a través de la línea telefónica la calmó:
—No te preocupes todo va a estar bien, pero, no dejes de hacerte esa foto. Quiero que tengamos qué contarle a nuestros hijos y nietos. Además, no quiero que estés tensa. Imagina que estás de paseo. Te mando un beso…
Afuera, la mujer en el horizonte le está hablando. Fernanda se mueve un poco en el asiento. Se retoca la pintura de sus labios y en un gesto inconsciente deja caer el pasaporte dentro del bolso. Siente el respaldar del asiento en su espalda y se refugia en él con los ojos cerrados. Su compañera de viajes le vuelve a preguntar:
- ¿Es tu primera vez? ¿Te sientes bien? — Pero ella no responde. Quiere permanecer a solas con sus pensamientos. Su madre está con ella y necesita entender lo que le habla.

Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta

Capítulo 3
¿Por qué a mí?
Encontró el bulto de cartas en el ático. Pensó deshacerse de todo tras la muerte de Emiliano, el padre. No quería guardar recuerdos de aquel que aun cuando no fue de los peores, tampoco fue el perfecto. En los últimos dos años había lidiado con la muerte tras el empeoramiento de su Alzheimer, hasta que finalmente esta le ganó la batalla.
Él iba a verlo y pasaba horas con él. La esposa no. Ella lo abandonó cuando comenzó a confundirla con Maruca, la mujer que firmaba las cartas. Ella no soportó que ya jamás la nombrara por su nombre ni el continúo preguntar por alguien hasta ahora casi inexistente.
David, quitó los cordeles que anudaban aquella correspondencia amarilla, manchada.  La caligrafía perfecta de rasgos elegantes denotaba, sin embargo, el pulso de alguien que había puesto en cada palabra una pasión desmedida.
“No puedo creer esto que me estás haciendo. No se cómo voy a continuar viviendo si son ciertas cada una de tus palabras. Se bien que me equivoqué, que no actué bien y que movida por todo lo que tú sabes tomé la peor de las decisiones. Cuando nos conocimos no pensé que llegara tan lejos en mis sentimientos hacia ti; pensé que era mi manera de desquitármela con Reutelio. No es mentira lo que te dije, él me desatendía, y cada vez que podía me hacía ver lo poco que yo valía como mujer y ser humano. Yo sé que fui cobarde y te pido perdón por eso.”
Son veinte las cartas, y él se siente frustrado por no haber entendido nunca la expresión amarga del padre. Siente que está traicionando su confianza de hijo por no poder parar de leer.
Lo recuerda, con un cigarro entre sus manos grandes, sentado afuera con la mirada perdida como si su mente estuviera lejos. No había construido una gran fortuna, pero, sí lo suficiente como para mantener a la familia y llevar una vida holgada y digna.
Llegó a los Estados Unidos en 1969. Su piel negra y su desconocimiento del idioma inglés no fueron obstáculos para abrirse paso. Traía en la sangre el espíritu de su abuela paterna una isleña de Canarias; enérgica, bravía que cuando quedó viuda se dedicó al cuidado de su único nieto.  Emiliano nunca volvió a Cuba, se juró como hicieron muchos que mientras Fidel estuviera en el poder jamás regresaría. Cuando hablaba de la Isla destilaba un dolor grande en cada ráfaga de palabras.Él no hizo caso a la propaganda, negro o blanco… para él la vida era mucho más; y así se lo transmitió al hijo cuya tez clara asombró a muchos:
—De donde sacaste este muchacho, Emiliano, con ese color; porque tú eres negro, mi hermano.
Así, sucedió siempre, al menos entre los pocos amigos cercanos al hombre. Ya en la escuela, o en el neighborhood, antes de instalarse definitivamente en el centro de Miami, la gente los miraba con cierta discreción, pero, sin dejar de poner los ojos en ellos dos.
En Miami o en cualquier otra ciudad estadounidense parece que nunca nadie te ve, pero, la gente sí se fija y sí anda muy al tanto. Cada quien vive el apuro cotidiano de correr al trabajo, pagar las cuentas, presumir de que descansa...; en un aparente “no me importa que haces con tu vida”. Es solo un cubrir las apariencias.  David lo ha sentido en cada costilla siempre que surgió la pregunta o la mirada indiscreta.
Para colmo él quisiera sentirse parte, pero, no lo ha conseguido. Llegó muy pequeño, pero, eso no basta. Ni de aquí ni de allá a pesar del título universitario y de las libertades.
Juega dominó a la perfección como cualquier cubano y en su plato, cuando él y Emiliano comían juntos, no podía faltar el plátano maduro frito o la yuca. La Coca Cola y el jugo de mango se disputaban el turno en cada sentada. Unas veces Coca Cola, otras, jugo de mango. Ni de aquí ni de allá. Así, se sintió siempre y la lectura de estas cartas lo está removiendo por dentro. El descubrimiento lo está golpeando a puñetazo limpio, sin compasión.


El padre, oriental y con un acento medio jamaiquino adquirido probablemente por influencia de su otra nana, al hablar quitaba las eses con mucho más énfasis que sus coterráneos. Él se deleitaba contando los cocotazos que se ganó de la abuela paterna que sí le exigía una correcta pronunciación. Ambas murieron sin que pudiera volverlas a ver como también ocurrió con Maruca: la mujer, la amante... o el desamor. ¿Cómo saberlo si apenas son estas cartas y su contenido sin respuestas?

“Me dices que estas decidido, que no vas a esperar la vida entera por mí, y créeme que te comprendo. ¿Será que no es posible el amor entre tú y yo? ¿Será que nos equivocamos tanto? ¿Será que me equivoqué tanto? Tengo miedo que jamás pueda verlos…
Hace meses que no puedo ir, me he estado sintiendo mal. Algo dentro de mi está fallando. Reutelio, me vigila a toda hora, y leo tus cartas a escondidas cuando voy a casa de mi amiga. Por favor, piénsalo mejor, no puede ser que nos hagas esto. Por favor, no lo hagas por mí, hazlo por él. Un día te va a preguntar. Un día vas a tener que decirle que fui una cobarde, pero, cuando ese momento llegue, yo quisiera estar a tu lado. Anoche no pude dormir. Un dolor fuerte se apoderó de mí. Y no es del alma, que el alma me quedó rota desde que hice lo que hice, jamás voy a perdonármelo.”
A los catorce, a David le dio uno de esos berrinches de la adolescencia. Y comenzó a hacer más preguntas de las que debía. Para ese entonces, era él y Emiliano. Era él y el padre, solos ellos dos.
Emiliano encontró en su habitación evidencias de que su muchacho andaba en todo menos en lo que debería estar. Después de una de las mayores regañadas que David pueda acordarse, de suspensión de privilegios, de un silencio largo e incómodo el padre respondió a sus preguntas:
—De cáncer, tu madre murió de leucemia. Ya te he contado... ¿Qué te falta? Siempre te dije la verdad.
Pero, Emiliano le había mentido. O mejor le había contado, una verdad a medias. Ahí estaban esos papeles hablándole de sus orígenes. Esos papeles y el recuerdo de la mujer que le acaricia y después un terraplén caliente y polvoriento, una casita de yagua, unos caballos y la misma mujer galopando sonriente sobre uno de pelaje negro. Después no hay más nada. Solo una profunda tristeza.
El sigue leyendo, desplomándose con cada frase; entendiendo que la vida es a veces una lastimosa sorpresa, incluso para alguien como él que pensó tenerlo todo bajo control.
“Reutelio tiene razón cuando me dice que soy una cualquiera, y que ni para madre sirvo. Tiene razón cuando me reclama. Y tú también. No he tenido la fuerza para regresar. Ayer volví al médico, no sé qué es lo que tengo, pienso que como quedé embarazada apenas regresé de allá, mi cuerpo aún no se recupera y esta niña me roba las fuerzas. Cada preñez ha sido tan pegada una de la otra que no he tenido tiempo de recuperarme ni de pensar.
No hagas lo que vienes planeando, por favor. Quédate. No voy a poder vivir con mi conciencia tranquila si te vas y jamás puedo ver a nuestro hijo. Déjame abrazarlo por última vez y explicarle a todos lo arrepentida que estoy por haber mentido respecto a él, por haberte dejado solo con él. Odio ese momento en que decidí decirle a Reutelio que no se preocupara por nada, que yo había perdido la barriga. Me odio y me odiaré siempre, por no haber hecho valer mis derechos de madre porque si estos son mis hijos con él, ese que vive contigo también lo es.”
***
—Tú no puedes hacerle eso.
—Claro que puedo, Anay, claro que puedo. Eso y mucho más.
—Enloqueciste, David. ¿Qué te hizo ella? No entiendo, ¿Qué te hizo ella? No vas para ninguna parte con esa actitud.
—Tú y tus sermones…  Yo crecí sin mi madre por cuenta del viejo ese. Ahí está todo en sus cartas.
—Ya está viejo y loco. Viejo y loco. ¿Qué buscas? Tú mismo pudiste comprobar que él no sabe de nada ni de nadie, ni de esa nieta ni de nadie. ¿Tú sabes lo que pasa?  Que te enamoraste de ella y no lo quieres aceptar. Te enamoraste de la nieta de Reutelio María. Y ese odio que dices que sientes, ese odio es amor. Si Arianna se entera,  esa loca te mete un tiro la cabeza. Ella no las piensa.
—Arianna, no va a hacer nada. Ella no tiene por qué saber de mis planes. Y tú deja de hablar lo que no es…
—Arianna no es boba David. Tu mujer ha ido conociendo poco a poco esa parte oscura de tu familia. Yo creo que sabe hasta que el viejo no se ha muerto.
—Ella lo único que sabe es que yo he estado buscando a mi familia en Cuba, ella no sabe más na’.
—A lo mejor tú eres hasta hijo de él. ¿Qué te hace suponer que en medio del ataque de tarro que le dio no se haya equivocado? Tu madre se acostaba con los dos...
***
David repasa una y otra vez lo que ha sido su vida después de la muerte de su padre, desde que encontrara esa correspondencia. No tiene claro su afán. Al principio solo fue entender el ofuscamiento perenne del viejo. Luego fue odiar que su madre, no solo había muerto sin que ahora él pueda pedirle cuentas, sino que lo abandonó cuando él nació.
Intenta comprender a Maruca y la ira lo ciega. Siente un rencor profundo por todo lo que tenga que ver con ella; incluido sus medio hermanos y Reutelio María. Ese fue el verdadero motivo que le hizo montarse en un avión rumbo a La Habana y averiguar sobre la vida de todos ellos.
Uno a uno los fue ubicando sin quererlos conocer personalmente; ni siquiera a Renato, el borracho, de quien “el chisme” dice que es su hermano tanto por parte de Maruca como por parte de Emiliano.
A lo que no pudo sustraerse fue a la curiosidad experimentada por conocer a Fernanda, de ella le hablaron desde la primera vez que se alojó en la casita de un cuentapropista, en Soroa, Candelaria.
—Es el retrato de Cacha. Es el retrato de esa mulata. ¡qué pena que el mar se la haya traga’o! porque era linda.
Le repitieron tantas veces lo mismo que en el último viaje que dio, hizo lo posible y hasta lo imposible para encontrarla.  Y se quedó loco por ella...
Ha luchado contra ese sentimiento. Al principio supuso que era por venganza. Trató de convencerse de que esa y no otra era su intención. Así, se lo remachó mil veces a Anay:
—Fernanda es lo único que le queda al viejo de Cacha; y si un día, si un día al menos por un segundo recupera el sentido yo quiero que no la tenga delante para recordarla, como mismo el hizo con mi madre y conmigo.
Pero, ahora sabe que sus sentimientos son mucho más fuertes que cualquier idea razonable o no.
Tiene sobre una mesa larga y estrecha fotos, cartas, papeles, recortes de periódicos. En la pared cuelga un árbol genealógico organizado por fechas y adornado con algunas fotografías.
Cada una de las fotografías está acompañada por un nombre y dirección en Cuba. A la derecha, las cartas de Maruca, la madre. Cuidadosamente, desplegadas y con párrafos marcados por él.
Todo está ordenado de modo que consigue imaginar el hogar que jamás le perteneció.
No tiene ni una sola imagen de la mujer. Por ese motivo le pidió a un pintor que la dibujara tal como él la recuerda montando sobre un caballo de larga crin negra y que el rostro fuera como el de Magdalena, la medio hermana, la universitaria, que es la que más parecido tiene con la difunta.
A la izquierda una foto de Emiliano, el padre; y un poco más abajo un espacio tachado y vuelto a tachar donde se observan las iniciales R.M. en franca alusión al abuelo de Fernanda.
A Renato el medio hermano borrachín, a ese le ha destinado un pequeño lugar justo al lado del cuadro que representa a la madre. Debajo hay un signo de interrogación. La duda sobre quién fue el verdadero padre de este le perturba.
Su obsesión lo ha llevado al punto de rentar un espacio en el centro de Hialeah. Es un apartamento pequeño desde el que llama a Fernanda. Un sitio apacible que le permite, además, pensar y pensar en quién es él en realidad. Al recinto ha traído varios cajones con documentos que el padre guardó por años, y que aún no ha podido revisar en su totalidad. Emiliano lo archivaba todo. ¡Qué manera de él no conocer a su padre! Hay recibos tan viejos que no se les distingue la fecha en que fueron expedidos, sin embargo, aquel se tomó el trabajo de colocarlos en bolsas de nailon y de fecharlos. Pudo llevar esos papeles a su vivienda, pero, su relación con Arianna cada vez está peor y no la quiere metida en esto.
A ella la conoció en el instituto. Después, vino el matrimonio sin mucho amor, más bien, un acuerdo tácito de ambos de juntar sus nombres y sus vidas más allá del ámbito profesional, aunque la mujer nunca se graduó del college, prefirió hacer dinero como representantes de ventas. Es muy buena vendiendo. Y al final, aunque el matrimonio es un desastre el binomio de ellos dos haciendo bussines pudiera decirse que es eficiente. Les da para mantener un alto nivel de vida y pagar las cuentas.
Supone que alguna vez la quiso, pero, ahora a sus cuarenta y nueve pesan más los desprecios que el amor. Ambos se han hecho mucho daño.
Ella es una buena mujer, de las que todavía abundan. Pero, él no busca ni lo bueno ni lo malo. Él se siente vacío como si el sexo fuera una meta en casa y nada más. Un patrón de comportamiento en el que el hombre es quien más da y la mujer se limita a hacerse la pudorosa. Un estilo que siempre le criticó y que supuso que con el tiempo todo se resolvería, pero ha empeorado.
Por eso buscó a Anay. La conoce desde su primera crisis de matrimonio. La encontró una noche en el Versailles, adonde acostumbraba ir con Benjamín, un amigo de la infancia de padres cubano-americanos al que le encanta el dominó, la salsa y un buen mojito cubano.
Aquella noche el ambiente era de celebración, el restaurante cumplía dos décadas de inaugurado. Y la gente comenzó a llegar temprano.
David estaba fuera de la conmemoración y en realidad llegó como parte del ritual de siempre. Cuando no podía con su soledad y sus tristezas se iba al Versailles a escuchar historias de Cuba, sin atreverse jamás a contar la propia.
Y allí estaba Anay vistiendo un traje casi transparente, mostrando los pezones erguidos, sin pudor alguno. Medio borracha, medio drogada. Esa noche se fueron juntos y después se hicieron adictos el uno al otro. Pero, él nunca dejó a Arianna. Siempre surgió una justificación para no abandonarla. Y tampoco a Anay.
Con ella siente una confianza absoluta. Con ella se desnuda el alma y se queda en calzoncillos, como si fuera además de amante una hermana.
Solo a ella le ha hablado del dolor que le ha acompañado siempre y solo a ella le ha contado sobre la existencia de Fernanda. Aunque se ha reservado ciertos detalles.
Cuando comenzó a indagar sobre el pasado, ella fue su confidente.
Emiliano, el padre nunca fue de muchas relaciones con los que quedaron allá. Y eso le dificultó su gestión. Y por parte de Maruca, apenas quedan parientes en Cuba. Pero, no hay nada más cierto que el refrán que dice: el que persevera triunfa. Y la perseverancia era una de sus mejores y más fuertes armas. La perseverancia y el dinero. Con dinero se compra hasta a Matusalén, y “uno averigua hasta donde el jején puso el huevo”.
De ahí que cuando por fin conoció a Fernanda, ya él había liado una historia coherente. Con lo único que no contaba era con lo que decía Anay. Se ha enamorado de la muchacha. Por eso, la está trayendo a Estados Unidos.
Fernanda, demoró en aceptar su propuesta. De no haber sabido lo que él ya conocía con lujo de detalles es probable que no se hubiera decidido. Estaba muy apegada al recuerdo de la abuela, a llevarle flores al cementerio, a la casa de tablas que se podía derrumbar en cualquier momento, pero, que albergaba los recuerdos de la difunta. El que ella se enterara de que Reutelio se había acostado con su madre, lo cambió todo. Cuando le pagó a Cuca para que le contara no sabía cuál iba a ser su reacción, pero, valió la pena.
La vieja alcahueta le sacó una buena lonja primero por decir y después por no decir.
—Mándame, cien pesos mijito que esto está malo…
Cuando quiso regatearle la mujer le dijo:
—No mandes más na’ y tu palomita no se va de paseo contigo. Tu palomita se va a enterar quién tú eres de verdad. El mismísimo satanás, tú te le escapaste a él.
Tiene que decirle a Anay que Fernanda está casi que en camino. La necesita como aliada.

Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta



Capítulo IV
Arianna

Al principio, Arianna defendió la idea de que los viajes de David a Cuba tenían que ver con la muerte del padre y con su intención de saber más sobre aquella familia que no había conocido.
Quiso acompañarlo, pero como ya era habitual él la sacó de sus planes. La disculpa fue elegante, pero la dejó fuera.
—No tengo idea de quién es mi familia allá. No quiero que vayas a pasar un mal rato.
Ella hubiera preferido un matrimonio diferente con hijos y quién sabe si ya con algún nieto, porque de haber comenzado a parirle a los dieciocho hace rato que pudieran tener uno. Esperaron con calma a que la naturaleza hiciera lo suyo. Luego comenzaron a visitar clínicas y se sometieron a más de un procedimiento hasta que con desespero vio detenerse su ciclo vital y perdió las esperanzas.
Un hijo hubiera servido para salvar el matrimonio y tener a un David menos frío, más compasivo.
La del problema era ella. Entonces, la tristeza y la desesperanza la fueron convirtiendo en un despojo de ser humano al que conocía muy bien. No necesitaba de un sobrino ni de un niño adoptado, quería el propio. No al ajeno. Se enfocó en los negocios, en las ventas y ambos le gustase o no a David reconocerlo, ambos, habían construido un futuro sólido en el que ella aportaba con su cartera de clientes cifras y cifras y más cifras. El éxito en el negocio la salvó del suicidio, de las drogas que estuvieron ahí a su alcance, pero, que no consumió. Y hasta quien sabe si del verdadero holocausto, el del interior. Creó una barrera para mostrar sólo la cara que los demás querían ver. Abandonó por completo los paseos a sitios dónde las madres apapachan a los hijos, las tiendas de juguetes, las fiestas de cumpleaños de los hijos de sus escasas amigas. Asumió una pose de mujer serena, pero hoy necesita llorar.

Está sentada ante Dios conversando con él de tú a tú como si fuera la hora cero cuando se abren los ojos al mundo y se grita fuerte para reclamar la atención de la partera.

Hay una relación de ella con Dios desde el mismo día de su nacimiento, cuando tuvieron que someter a su madre a una cesaría urgente tras un resbalón en la calle, y a pesar de que no era el tiempo ella sobrevivió.
No sabe la razón, pero fue la protegida y tras muchos días y noches de zozobra su cuerpo frágil comenzó a recobrar fuerzas. De no haber estado Dios allí para brindarle la sabia de la existencia, jamás habría salido de aquella clínica.
Y cuando llegaron las facturas de pago del hospital Dios también se presentó omnipotente y generoso. Sucedió el milagro menos esperado, el dueño de la clínica se había enamorado de la manera en que ella luchó por su vida y canceló la cuenta.
Fue como recomenzar tras haber ganado el premio gordo de la lotería, sin siquiera haber jugado. El señor Casey se convirtió en su padrino hasta que un cáncer se lo llevó de este mundo, cuando ella tenía siete años de edad.
Hubo una cuenta en el banco, pero, como estaba a nombre de la madre esta se encargó de malgastarla hasta que se quedaron sin nada.
No tenían ni para comer. Así se iba a clases, así llegó hasta el instituto.
En las noches a veces con frío, a veces con calor Dios le hablaba: ella conocería a un buen hombre. Ella saldría adelante.
Cuando reparó en David supo que era el amor. No le dijo de su pobreza. Se fingió feliz y hasta un poco atolondrada. Dios entonces ya no se le apareció más. Ni siquiera el día de la boda en que ella lo invocó y le pidió que le dijera si era o no aquel el buen hombre del que él le había hablado.
Después con los días y las horas; las noches y las madrugadas sobre su espalda intentó vivir sin hacerse más preguntas acerca de su existencia ni de sus altos ni de sus bajos. Anhelaba un hijo. Pero, no llegó. Anhelaba el amor de un hombre y ahora estaba segura de que no lo tenía.
¿Cuándo se convirtió aquella relación de ellos dos en rutina? ¿Cuándo fue que comenzaron a mirarse como extraños a pesar de las noches de sexo y de las cuentas conjuntas en el banco, de las deudas, del yate, de la casona y los amantes?
¿Cuándo?
Está arrodillada, haciendo las mismas preguntas una y otra vez ante un Dios silencioso, mudo. Por compasión él regresó a escucharla. Por compasión él está allí de nuevo para ella. Pero, a veces la misericordia no basta. El ser humano es tan complicado que en ocasiones ni el mismo Dios tiene todas las respuestas necesarias.
Las lágrimas corren por su rostro. ¿Cómo puede estar David trayendo a una desconocida, cómo puede David estar jurándole amor a otra? ¿Cómo es posible que piense que ella jamás habría de enterarse?
Quien haya visto a Arianna fuera del púlpito, no reconocería a la mujer de negocios, a la exitosa experta en marketing y ventas. Quedarían perplejos ante la verdadera, sin máscara con su dolor sobre la piel, abatida.
Viste de negro. Desde que supo que ya no llegaría ningún hijo, dejó de usar ropas claras y de colores diferentes menos. La falda sin embargo modela la figura aún bella y la chaqueta resalta su busto alto.
No puede controlar los sollozos, se siente perdida y culpable. David la ha subestimado siempre. David no imagina que ella sabe perfectamente de la existencia de Anay, de la razón de sus excusas para desaparecer a ciertas horas, de la existencia de Fernanda.
¡David sabe tan poco de ella!
Pero, todo va a cambiar y él se arrepentirá o se quita el nombre. Y no es asunto de dejarlo en la miseria. Lo quiere suplicante a sus pies, de regreso.

La alerta llegó por quien menos ella esperaba. Fue Benjamín quien le contó. Es que siempre tuvo la lengua demasiado suelta como para guardar los secretos del amigo. Y por naturaleza también es un poco envidioso.
—Te digo que se llama Anay, si quieres las conecto para que la conozcas.
Fue demasiado sarcástica la propuesta. Y a ella le dolió.
—Mira, aquí está el gimnasio que frecuenta, la dirección de su oficina. Lo que tú quieras A, lo que tú quieras. Y si quieres verlos juntos…
No dijo ni sí ni no, pero, aceptó el reto de ver al esposo con la otra. A partir de ahí comenzó una carrera por reconquistarlo que no la ha llevado a ninguna parte.
Quiso saber qué se siente al ser infiel. Y de eso Benjamín sacó el mejor de los provechos. En su rol del otro la ha tenido y hecho sentir, a veces, como una reina. Pero, eso no es suficiente para Arianna. No fue Benjamín el elegido sino David.
Se ha acostumbrado a las mentiras del hombre, y ha aprendido a mentirle de la misma manera. En una cita con dos de sus mejores clientes conoció a Bertoni, un italiano-americano que se dedica a la investigación privada.
Al principio creyó que no quería ir más lejos, que ya era demasiado con tener a Benjamín de lleva y trae entre ambos, pero, sintió una necesidad casi compulsiva de saber más sobre los pasos de su hombre.
Entonces, fijó un almuerzo de negocios con el italiano. La reunión transcurrió como cualquier otra. Bertoni era un profesional muy competente y ella pudo comprobarlo después que depositó el primer cheque en la cuenta del investigador.
Miami es mágica, vivir en esta ciudad le ha brindado a Arianna una experiencia diferente, sensorial. A golpe de salsa o de merengue se anuncian las calles calentadas por un sol implacable.
Dondequiera puedes escuchar una historia sobre La Habana o el típico asere del cubano. Los chismes están aquí a la orden del día. Así que a Bertoni y a Arianna no les resultó difícil el entenderse.
No han sido un día ni dos. Han sido años de una relación marcada por los reportes confidenciales sobre cada uno de los movimientos de David.
Ha sido una vida donde la duda es apenas una sombra que ha cedido ante la certidumbre de la traición sin dejar espacio para nadie más.
Bertoni, le ha pedido más de una vez que lo deje todo y que se vaya a vivir con él. Los encuentros entre ambos los llevaron a una relación tan personal que Arianna siente miedo cada vez que piensa en ello. No puede ser posible que en la búsqueda de la reconstrucción de su matrimonio haya caído tan bajo.
Del italiano fue la idea de seguirlo a Cuba, él se encargó de sembrarle la inquietud. Después llegaron los videos, las fotografías, las grabaciones de las llamadas telefónicas. Por último, la compra del apartamento. Ella no quería creerlo.
—No va a hacerlo. No va a poder.
—Claro que puede Arianna, no te das cuenta que, aunque le está mintiendo está enamorado de ella.
—No, eso no es amor. Él está confundido por todo lo que pasó después de la muerte de Emiliano
—Tú no quieres ver.
—Te creo Bertoni, pero, tiene que haber otra razón. Él no pudo haberse enamorado de esa mujer.

Bertoni nunca se ha casado. Y desde que conoció a Arianna no le ha interesado ninguna otra por más que las oportunidades no le han faltado.
Está obsesionado con ella tanto como la propia Arianna con David. Sabe de la relación de esta con Benjamín, pero, no le importa. Hasta le parece gracioso. Y el que haya aparecido Fernanda lo considera como su mejor posibilidad para quedarse con la mujer.
Siente pena por la cubanita. La quisiera alertar. Le encantaría pedirle que no se suba al avión y compartir con ella toda la información que tiene sobre David; y sí que ha conseguido bastante. Hasta le parece que tiene material suficiente como para que los acontecimientos den un giro de ciento ochenta grados. Pero, mantenerse en silencio es su palabra clave hacia el triunfo si quiere conseguir lo que de verdad le interesa; porque en cuanto Fernanda esté en los Estados Unidos a Arianna no le quedará más alternativa que rendirse. Y David tendrá que poner las cartas sobre la mesa. Tendrá que hablar claro y por supuesto poner el divorcio. Anay es una pieza que no le preocupa mucho a ninguno. Es como una locomotora ya algo vieja y recalentada de tanto uso.

Bertoni está enfrente de la Gesu Catholic Church esperando por Arianna. No quiso entrar. Sabe que la mujer lleva unas dos horas en el recinto y que la tomará por sorpresa.
Ella no espera encontrárselo allí.
La iglesia es su refugio. Es un sitio sagrado para ella. Aquí viene a implorarle a Dios, cuando este no aparece en su habitación para escucharla. El lugar es imponente, es precioso y hoy está solitario. Apenas los lirios y los vitrales se animan a saludarla. La iglesia católica más antigua de toda la Florida, preserva la historia de la ciudad y los rezos de quien sabe cuánto pecador. Arianna se sobrecoge por la amargura. Se levanta y ni siquiera siente el dolor en sus rodillas. Ni siquiera quita del rostro las huellas provocadas por las lágrimas.
Está pálida, en los últimos meses ha adelgazado y apenas consigue dormir. David no puede estar trayendo a otra mujer. David no puede hacerle eso. Tiene que apartar de su cabeza la idea de viajar a Cuba para enfrentar a Fernanda.

Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta


Capítulo V

Tú estás loco, tienes que estar loco

A Fernanda una mujer la recogerá en el aeropuerto de Quito. Su paso por Aduanas será sin mayores contratiempos. David se ha encargado de la renta del hotel de esa manera no solo cumplimenta uno de los requisitos para que las autoridades le permitan la entrada al país, sino que la muchacha dispondrá de unas horas para descansar y hasta para dar una caminata por el centro de la bella ciudad.
A veces soñar es un privilegio de pocos y David quiere darle ese regalo: que la travesía hasta los Estados Unidos sea una experiencia diferente a la de la mayoría de los cubanos que se quedan sin dinero en medio de la nada a merced de los coyotes.
Son más de cuatro mil kilómetros y unos ocho países los que Fernanda tendrá que atravesar y ha sopesado cada variante, cada escala, cada manera para estar al tanto, para hacerle lo menos angustioso posible este viaje.
Lo otro hubiera sido el mar; pero no quiso esa ruta para ella. Pagar una lancha, hubiera sido mucho más fácil y hasta menos riesgoso. Fue la propia Fernanda quien casi le suplicó que no. Y él entendió su premonición.
Y para pedirla como Dios manda necesita estar divorciado. Aunque ya eso no cuenta, en unas horas ella estará en Quito. Y sí, claro que se va divorciar, pero ahora no. En este momento se ha concentrado en tener dinero disponible y en pensar.
Por ello ha añadido un tablero adicional en la pared con un mapa de Centroamérica, y sobre la mesa larga, donde hay recortes de periódicos sobre Cuba, ha desplegado cartulinas para figurar la ruta. Nombres de hoteles, teléfonos de personas, de enlaces que al final no son más que gente dedicada al tráfico de cubanos.
¿Confiar? No confía en nadie. Y siente miedo.
La noche anterior le dio ánimos a la muchacha. Le dijo:
—Todo va a estar bien.
Pero, hoy no está tan seguro.  Ya Fernanda debería haberlo llamado, pero, aun no lo ha hecho y eso le hace dar pasos de una a otra esquina del apartamento. Le dijo a Arianna que estaría muy ocupado fuera de la ciudad atendiendo a un cliente.
Ella por respuesta se le colgó al cuello y lo besó como si entre ambos todo estuviera como antes.
Los dos saben muy bien que esta relación de ellos es una mampara para un mundo de negocios en que guardar las apariencias aporta dinero. Arianna a veces lo confunde y lo deja sin aliento, sin saber cómo actuar ante sus excéntricas demostraciones de amor o excesos de frialdad.
— Está loca, —piensa mientras intenta poner distancia al abrazo.

No ha podido llamar a la mujer que recibirá a Fernanda. De ella solo sabe que es una cubana radicada en Ecuador desde hace unos tres años y dio con ella por medio de Matías un ecuatoriano recomendado por Omar, el gerente de uno de los hoteles de la ciudad que le debe algunos favores.
Después de mucho rodeo Omar accedió a presentarle al hombre. Matías es muy escurridizo y nunca le dio ni su número de teléfono ni ninguna otra manera de contacto.
Se reunieron en las afueras del Barzola, a la intemperie. El sujeto no quiso entrar al establecimiento y todo el tiempo tuvo los ojos cubiertos por unas gafas oscuras.
El hombre le dijo que por sacarla sana y a salvo de Ecuador hasta Panamá, eran mil cien, pero, como él quería que “la señorita viajara en clase de primera” tenía que darle mil quinientos antes de que se montara en el avión y dos mil en cuanto la recogieran en el aeropuerto.
Le pareció mucho dinero. Y trato de encontrar algo más económico, pero, no lo consiguió. Entonces, le pidió a Omar que volviera a contactar al ecuatoriano.
Matías se apareció de mal talante:
—¿Pana, tú me estas mirando cara de pendejo o ya te convenciste de que cuesta?
Se puso de acuerdo con el hombre.
Tuvo que hacerle el pago en efectivo y el otro lo hará Fernanda, también en efectivo. En el aeropuerto la cubana será recibida por una coterránea que llevará un ramo de rosas rojas adornadas con dos lirios, un cartel con su nombre: Fernanda e identificación falsa para el trayecto.

Ipiales, Turbo y Carpurganá son algunos de los nombres que se ha venido aprendiendo y que le ha explicado a Fernanda:
—Por si sucede algo, por si no van a recogerte. Tienes que saber… apréndete esos nombres chiquita. Y no tengas miedo.
Hay algo que no le dijo a la muchacha y cuando piensa en eso siente un escalofrío que le comienza en la espina dorsal hasta la raíz del cabello y le hace contraerse de manera involuntaria. Y es que habrá momentos en que talvez la única forma de movilizarse sea en canoa y Fernanda no sabe nadar.  Después que llegue a La Miel, ya en Panamá deberá viajar hasta Puerto Obaldía y de ahí en avioneta hasta Ciudad de Panamá. Ese último trayecto deberá hacerlo sola. El compromiso de Matías es hasta La Miel.
En Ciudad de Panamá él le enviará dinero. Ramírez se encargará de llevarla hasta Costa Rica. A Ramírez le tiene menos confianza a pesar de que lo conoció personalmente.  Es un dominicano al que le dicen El Camaleón. David que conoce muy bien a los hombres sabe que es alguien sin demasiados escrúpulos, pero, pondrá su avioneta a disposición de Fernanda y eso es lo que vale. La dejará muy cerca de la frontera con Nicaragua en manos de un traficante que ha prometido llevarla hasta el límite de México con Los Estados Unidos.
David respira hondo. La intranquilidad se apodera de él. Fernanda no acaba de llamar y eso le hace sentir un desasosiego enorme.  La vida de la muchacha ha sido puesta en manos de gente extraña, acostumbrados a matar por dinero.
Ahí están las noticias y él no es nuevo en este mundo. Pero, nada puede sucederle a ella. A ella nada puede sucederle y se aferra con fe a un crucifijo que le cuelga de una cadena en el pecho para pedirle a Dios por Fernanda, para que se la cuide por esos caminos inciertos, para que se la proteja en medio de tanta maldad.
Es un crucifijo pequeño que se pierde entre sus manos grandes, pero que le acompaña siempre, en las malas y en los buenos momentos. Cuando lloró, cuando rio. Cuando supo la verdad sobre Maruca. Es un crucifijo que Emiliano le regaló poco antes de salir de Cuba.
—Era de tu madre, a ella le gustaría que lo tengas.
Y ya más nunca se apartó de él.

 

 

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