Buscar

martes, 29 de noviembre de 2016

Fernanda | Capítulo 3 | ¿Por qué a mí?

Capítulo 3
¿Por qué a mí?

Encontró el bulto de cartas en el ático. Pensó deshacerse de todo tras la muerte de Emiliano, el padre. No quería guardar recuerdos de aquel que aun cuando no fue de los peores, tampoco fue el perfecto. En los últimos dos años había lidiado con la muerte tras el empeoramiento de su Alzheimer, hasta que finalmente esta le ganó la batalla.
Él iba a verlo y pasaba horas con él. La esposa no. Ella lo abandonó cuando comenzó a confundirla con Maruca, la mujer que firmaba las cartas. Ella no soportó que ya jamás la nombrara por su nombre ni el continúo preguntar por alguien hasta ahora casi inexistente.
David, quitó los cordeles que anudaban aquella correspondencia amarilla, manchada.  La caligrafía perfecta de rasgos elegantes denotaba, sin embargo, el pulso de alguien que había puesto en cada palabra una pasión desmedida.
“No puedo creer esto que me estás haciendo. No se cómo voy a continuar viviendo si son ciertas cada una de tus palabras. Se bien que me equivoqué, que no actué bien y que movida por todo lo que tú sabes tomé la peor de las decisiones. Cuando nos conocimos no pensé que llegara tan lejos en mis sentimientos hacia ti; pensé que era mi manera de desquitármela con Reutelio. No es mentira lo que te dije, él me desatendía, y cada vez que podía me hacía ver lo poco que yo valía como mujer y ser humano. Yo sé que fui cobarde y te pido perdón por eso.”
Son veinte las cartas, y él se siente frustrado por no haber entendido nunca la expresión amarga del padre. Siente que está traicionando su confianza de hijo por no poder parar de leer.
Lo recuerda, con un cigarro entre sus manos grandes, sentado afuera con la mirada perdida como si su mente estuviera lejos. No había construido una gran fortuna, pero, sí lo suficiente como para mantener a la familia y llevar una vida holgada y digna.
Llegó a los Estados Unidos en 1969. Su piel negra y su desconocimiento del idioma inglés no fueron obstáculos para abrirse paso. Traía en la sangre el espíritu de su abuela paterna una isleña de Canarias; enérgica, bravía que cuando quedó viuda se dedicó al cuidado de su único nieto.  Emiliano nunca volvió a Cuba, se juró como hicieron muchos que mientras Fidel estuviera en el poder jamás regresaría. Cuando hablaba de la Isla destilaba un dolor grande en cada ráfaga de palabras.Él no hizo caso a la propaganda, negro o blanco… para él la vida era mucho más; y así se lo transmitió al hijo cuya tez clara asombró a muchos:
—De donde sacaste este muchacho, Emiliano, con ese color; porque tú eres negro, mi hermano.
Así, sucedió siempre, al menos entre los pocos amigos cercanos al hombre. Ya en la escuela, o en el neighborhood, antes de instalarse definitivamente en el centro de Miami, la gente los miraba con cierta discreción, pero, sin dejar de poner los ojos en ellos dos.
En Miami o en cualquier otra ciudad estadounidense parece que nunca nadie te ve, pero, la gente sí se fija y sí anda muy al tanto. Cada quien vive el apuro cotidiano de correr al trabajo, pagar las cuentas, presumir de que descansa...; en un aparente “no me importa que haces con tu vida”. Es solo un cubrir las apariencias.  David lo ha sentido en cada costilla siempre que surgió la pregunta o la mirada indiscreta.
Para colmo él quisiera sentirse parte, pero, no lo ha conseguido. Llegó muy pequeño, pero, eso no basta. Ni de aquí ni de allá a pesar del título universitario y de las libertades.
Juega dominó a la perfección como cualquier cubano y en su plato, cuando él y Emiliano comían juntos, no podía faltar el plátano maduro frito o la yuca. La Coca Cola y el jugo de mango se disputaban el turno en cada sentada. Unas veces Coca Cola, otras, jugo de mango. Ni de aquí ni de allá. Así, se sintió siempre y la lectura de estas cartas lo está removiendo por dentro. El descubrimiento lo está golpeando a puñetazo limpio, sin compasión.


El padre, oriental y con un acento medio jamaiquino adquirido probablemente por influencia de su otra nana, al hablar quitaba las eses con mucho más énfasis que sus coterráneos. Él se deleitaba contando los cocotazos que se ganó de la abuela paterna que sí le exigía una correcta pronunciación. Ambas murieron sin que pudiera volverlas a ver como también ocurrió con Maruca: la mujer, la amante... o el desamor. ¿Cómo saberlo si apenas son estas cartas y su contenido sin respuestas?

“Me dices que estas decidido, que no vas a esperar la vida entera por mí, y créeme que te comprendo. ¿Será que no es posible el amor entre tú y yo? ¿Será que nos equivocamos tanto? ¿Será que me equivoqué tanto? Tengo miedo que jamás pueda verlos…
Hace meses que no puedo ir, me he estado sintiendo mal. Algo dentro de mi está fallando. Reutelio, me vigila a toda hora, y leo tus cartas a escondidas cuando voy a casa de mi amiga. Por favor, piénsalo mejor, no puede ser que nos hagas esto. Por favor, no lo hagas por mí, hazlo por él. Un día te va a preguntar. Un día vas a tener que decirle que fui una cobarde, pero, cuando ese momento llegue, yo quisiera estar a tu lado. Anoche no pude dormir. Un dolor fuerte se apoderó de mí. Y no es del alma, que el alma me quedó rota desde que hice lo que hice, jamás voy a perdonármelo.”
A los catorce, a David le dio uno de esos berrinches de la adolescencia. Y comenzó a hacer más preguntas de las que debía. Para ese entonces, era él y Emiliano. Era él y el padre, solos ellos dos.
Emiliano encontró en su habitación evidencias de que su muchacho andaba en todo menos en lo que debería estar. Después de una de las mayores regañadas que David pueda acordarse, de suspensión de privilegios, de un silencio largo e incómodo el padre respondió a sus preguntas:
—De cáncer, tu madre murió de leucemia. Ya te he contado... ¿Qué te falta? Siempre te dije la verdad.
Pero, Emiliano le había mentido. O mejor le había contado, una verdad a medias. Ahí estaban esos papeles hablándole de sus orígenes. Esos papeles y el recuerdo de la mujer que le acaricia y después un terraplén caliente y polvoriento, una casita de yagua, unos caballos y la misma mujer galopando sonriente sobre uno de pelaje negro. Después no hay más nada. Solo una profunda tristeza.
El sigue leyendo, desplomándose con cada frase; entendiendo que la vida es a veces una lastimosa sorpresa, incluso para alguien como él que pensó tenerlo todo bajo control.
“Reutelio tiene razón cuando me dice que soy una cualquiera, y que ni para madre sirvo. Tiene razón cuando me reclama. Y tú también. No he tenido la fuerza para regresar. Ayer volví al médico, no sé qué es lo que tengo, pienso que como quedé embarazada apenas regresé de allá, mi cuerpo aún no se recupera y esta niña me roba las fuerzas. Cada preñez ha sido tan pegada una de la otra que no he tenido tiempo de recuperarme ni de pensar.
No hagas lo que vienes planeando, por favor. Quédate. No voy a poder vivir con mi conciencia tranquila si te vas y jamás puedo ver a nuestro hijo. Déjame abrazarlo por última vez y explicarle a todos lo arrepentida que estoy por haber mentido respecto a él, por haberte dejado solo con él. Odio ese momento en que decidí decirle a Reutelio que no se preocupara por nada, que yo había perdido la barriga. Me odio y me odiaré siempre, por no haber hecho valer mis derechos de madre porque si estos son mis hijos con él, ese que vive contigo también lo es.”
***
—Tú no puedes hacerle eso.
—Claro que puedo, Anay, claro que puedo. Eso y mucho más.
—Enloqueciste, David. ¿Qué te hizo ella? No entiendo, ¿Qué te hizo ella? No vas para ninguna parte con esa actitud.
—Tú y tus sermones…  Yo crecí sin mi madre por cuenta del viejo ese. Ahí está todo en sus cartas.
—Ya está viejo y loco. Viejo y loco. ¿Qué buscas? Tú mismo pudiste comprobar que él no sabe de nada ni de nadie, ni de esa nieta ni de nadie. ¿Tú sabes lo que pasa?  Que te enamoraste de ella y no lo quieres aceptar. Te enamoraste de la nieta de Reutelio María. Y ese odio que dices que sientes, ese odio es amor. Si Arianna se entera,  esa loca te mete un tiro la cabeza. Ella no las piensa.
—Arianna, no va a hacer nada. Ella no tiene por qué saber de mis planes. Y tú deja de hablar lo que no es…
—Arianna no es boba David. Tu mujer ha ido conociendo poco a poco esa parte oscura de tu familia. Yo creo que sabe hasta que el viejo no se ha muerto.
—Ella lo único que sabe es que yo he estado buscando a mi familia en Cuba, ella no sabe más na’.
—A lo mejor tú eres hasta hijo de él. ¿Qué te hace suponer que en medio del ataque de tarro que le dio no se haya equivocado? Tu madre se acostaba con los dos...
***
David repasa una y otra vez lo que ha sido su vida después de la muerte de su padre, desde que encontrara esa correspondencia. No tiene claro su afán. Al principio solo fue entender el ofuscamiento perenne del viejo. Luego fue odiar que su madre, no solo había muerto sin que ahora él pueda pedirle cuentas, sino que lo abandonó cuando él nació.
Intenta comprender a Maruca y la ira lo ciega. Siente un rencor profundo por todo lo que tenga que ver con ella; incluido sus medio hermanos y Reutelio María. Ese fue el verdadero motivo que le hizo montarse en un avión rumbo a La Habana y averiguar sobre la vida de todos ellos.
Uno a uno los fue ubicando sin quererlos conocer personalmente; ni siquiera a Renato, el borracho, de quien “el chisme” dice que es su hermano tanto por parte de Maruca como por parte de Emiliano.
A lo que no pudo sustraerse fue a la curiosidad experimentada por conocer a Fernanda, de ella le hablaron desde la primera vez que se alojó en la casita de un cuentapropista, en Soroa, Candelaria.
—Es el retrato de Cacha. Es el retrato de esa mulata. ¡qué pena que el mar se la haya traga’o! porque era linda.
Le repitieron tantas veces lo mismo que en el último viaje que dio, hizo lo posible y hasta lo imposible para encontrarla.  Y se quedó loco por ella...
Ha luchado contra ese sentimiento. Al principio supuso que era por venganza. Trató de convencerse de que esa y no otra era su intención. Así, se lo remachó mil veces a Anay:
—Fernanda es lo único que le queda al viejo de Cacha; y si un día, si un día al menos por un segundo recupera el sentido yo quiero que no la tenga delante para recordarla, como mismo el hizo con mi madre y conmigo.
Pero, ahora sabe que sus sentimientos son mucho más fuertes que cualquier idea razonable o no.
Tiene sobre una mesa larga y estrecha fotos, cartas, papeles, recortes de periódicos. En la pared cuelga un árbol genealógico organizado por fechas y adornado con algunas fotografías.
Cada una de las fotografías está acompañada por un nombre y dirección en Cuba. A la derecha, las cartas de Maruca, la madre. Cuidadosamente, desplegadas y con párrafos marcados por él.
Todo está ordenado de modo que consigue imaginar el hogar que jamás le perteneció.
No tiene ni una sola imagen de la mujer. Por ese motivo le pidió a un pintor que la dibujara tal como él la recuerda montando sobre un caballo de larga crin negra y que el rostro fuera como el de Magdalena, la medio hermana, la universitaria, que es la que más parecido tiene con la difunta.
A la izquierda una foto de Emiliano, el padre; y un poco más abajo un espacio tachado y vuelto a tachar donde se observan las iniciales R.M. en franca alusión al abuelo de Fernanda.
A Renato el medio hermano borrachín, a ese le ha destinado un pequeño lugar justo al lado del cuadro que representa a la madre. Debajo hay un signo de interrogación. La duda sobre quién fue el verdadero padre de este le perturba.
Su obsesión lo ha llevado al punto de rentar un espacio en el centro de Hialeah. Es un apartamento pequeño desde el que llama a Fernanda. Un sitio apacible que le permite, además, pensar y pensar en quién es él en realidad. Al recinto ha traído varios cajones con documentos que el padre guardó por años, y que aún no ha podido revisar en su totalidad. Emiliano lo archivaba todo. ¡Qué manera de él no conocer a su padre! Hay recibos tan viejos que no se les distingue la fecha en que fueron expedidos, sin embargo, aquel se tomó el trabajo de colocarlos en bolsas de nailon y de fecharlos. Pudo llevar esos papeles a su vivienda, pero, su relación con Arianna cada vez está peor y no la quiere metida en esto.
A ella la conoció en el instituto. Después, vino el matrimonio sin mucho amor, más bien, un acuerdo tácito de ambos de juntar sus nombres y sus vidas más allá del ámbito profesional, aunque la mujer nunca se graduó del college, prefirió hacer dinero como representantes de ventas. Es muy buena vendiendo. Y al final, aunque el matrimonio es un desastre el binomio de ellos dos haciendo bussines pudiera decirse que es eficiente. Les da para mantener un alto nivel de vida y pagar las cuentas.
Supone que alguna vez la quiso, pero, ahora a sus cuarenta y nueve pesan más los desprecios que el amor. Ambos se han hecho mucho daño.
Ella es una buena mujer, de las que todavía abundan. Pero, él no busca ni lo bueno ni lo malo. Él se siente vacío como si el sexo fuera una meta en casa y nada más. Un patrón de comportamiento en el que el hombre es quien más da y la mujer se limita a hacerse la pudorosa. Un estilo que siempre le criticó y que supuso que con el tiempo todo se resolvería, pero ha empeorado.
Por eso buscó a Anay. La conoce desde su primera crisis de matrimonio. La encontró una noche en el Versailles, adonde acostumbraba ir con Benjamín, un amigo de la infancia de padres cubano-americanos al que le encanta el dominó, la salsa y un buen mojito cubano.
Aquella noche el ambiente era de celebración, el restaurante cumplía dos décadas de inaugurado. Y la gente comenzó a llegar temprano.
David estaba fuera de la conmemoración y en realidad llegó como parte del ritual de siempre. Cuando no podía con su soledad y sus tristezas se iba al Versailles a escuchar historias de Cuba, sin atreverse jamás a contar la propia.
Y allí estaba Anay vistiendo un traje casi transparente, mostrando los pezones erguidos, sin pudor alguno. Medio borracha, medio drogada. Esa noche se fueron juntos y después se hicieron adictos el uno al otro. Pero, él nunca dejó a Arianna. Siempre surgió una justificación para no abandonarla. Y tampoco a Anay.
Con ella siente una confianza absoluta. Con ella se desnuda el alma y se queda en calzoncillos, como si fuera además de amante una hermana.
Solo a ella le ha hablado del dolor que le ha acompañado siempre y solo a ella le ha contado sobre la existencia de Fernanda. Aunque se ha reservado ciertos detalles.
Cuando comenzó a indagar sobre el pasado, ella fue su confidente.
Emiliano, el padre nunca fue de muchas relaciones con los que quedaron allá. Y eso le dificultó su gestión. Y por parte de Maruca, apenas quedan parientes en Cuba. Pero, no hay nada más cierto que el refrán que dice: el que persevera triunfa. Y la perseverancia era una de sus mejores y más fuertes armas. La perseverancia y el dinero. Con dinero se compra hasta a Matusalén, y “uno averigua hasta donde el jején puso el huevo”.
De ahí que cuando por fin conoció a Fernanda, ya él había liado una historia coherente. Con lo único que no contaba era con lo que decía Anay. Se ha enamorado de la muchacha. Por eso, la está trayendo a Estados Unidos.
Fernanda, demoró en aceptar su propuesta. De no haber sabido lo que él ya conocía con lujo de detalles es probable que no se hubiera decidido. Estaba muy apegada al recuerdo de la abuela, a llevarle flores al cementerio, a la casa de tablas que se podía derrumbar en cualquier momento, pero, que albergaba los recuerdos de la difunta. El que ella se enterara de que Reutelio se había acostado con su madre, lo cambió todo. Cuando le pagó a Cuca para que le contara no sabía cuál iba a ser su reacción, pero, valió la pena.
La vieja alcahueta le sacó una buena lonja primero por decir y después por no decir.
—Mándame, cien pesos mijito que esto está malo…
Cuando quiso regatearle la mujer le dijo:
—No mandes más na’ y tu palomita no se va de paseo contigo. Tu palomita se va a enterar quién tú eres de verdad. El mismísimo satanás, tú te le escapaste a él.
Tiene que decirle a Anay que Fernanda está casi que en camino. La necesita como aliada.

Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta

No hay comentarios.:

Publicar un comentario