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lunes, 28 de noviembre de 2016

Fernanda | Capítulo 2 | Mis pensamientos



La ventanilla del avión le devuelve un panorama surrealista. Un par de ojos la miran en la distancia y ella se sobrecoge asustada. A su lado, una señora le pregunta:
—¿Es tu primera vez?
Fernanda no la escucha. Y ni siquiera oye la voz del piloto dando la bienvenida. Le hubiera gustado arrebatarle a la muerte, una vida, dos. O al menos un instante de existencia. Sigue con su mirada puesta en los azulosos destellos que dejan entrever la figura delgada de una mujer y aprieta con fuerzas el pasaporte que aún permanece aferrado a sus manos. Está muy tensa. Es posible que ese sea el motivo por el que no lo ha guardado.
Le dijeron que se lo quitaban al subir al avión. Está a la espera de que eso suceda. La aeromoza sale sonriente. Su vestido es elegante; no parece tener más de treinta años. A Fernanda le hubiera gustado ser como ella o como la mujer que en el horizonte la saluda mientras el cabello le adorna los hombros. Hubiera preferidollevar el pelo suelto, pero, a última hora decidió hacerse una trenza. Estaba tan nerviosa que desistió del peinado complicado que Alicia deseaba hacerle.
—No vas a llegar despeluzada. Tienes que verte bien.
—No quiero, —le responde —. Hazme solo una trenza, por favor. Con este calor no creo que soporte el pelo suelto.
—Ay, Fernanda. ¡Estas imposible, mi’jita! Pero, bueno, linda como siempre. Si tu abuela estuviera aquí se iba a sentir orgullosa de ti.
—No creo. Ella jamás hubiera aprobado esto. Tú lo sabes. Tú conoces muy bien la historia, de tantas veces habértela contado. Es ella la que me tiene así. Es mi madre, también, la que me tiene así. Anoche se me apareció en un sueño…
—Mírate, mírate en el espejo a ver si te gusta, —le dice la amiga sin escucharla.
—Así está bien. Sabes, yo no te voy a olvidar nunca. ¿Quién me va a hacer una trenza, allá?
—Allá vas a estar bien Fernanda. Allá vas a poder dar clases de inglés, que para eso eres una mujer preparada. Además, ese hombre te quiere.
—Pero yo no sé si lo quiera a él. No, nos hemos visto. Solo aquella vez cuando nos conocimos y tengo mucho miedo. No sé a quién coño saqué este miedo porque mi madre fue una arresta’ y mi abuela también. Papá tampoco se quedaba atrás…
Ha repasado las respuestas que deberá dar en inmigración de Ecuador. Una y otra vez ha ensayado cada palabra y gesto. Es mucho el dinero que su hombre está pagando por este viaje como para que la regresen por un error. Busca un lápiz labial en el pequeño bolso que tiene sobre las piernas. Es negro con una chapa plateada en la que el diseñador dejó su huella para que costara más. Fue hasta La Habana a comprarlo, porque debe dar una buena impresión a las autoridades, al menos, eso le explicaron mientras preparaba el viaje. Necesita dar una imagen de mujer independiente a la que le gusta el turismo ecológico. A los efectos estará unos 90 días. Imagina que se ha preocupado por gusto y que debería escuchar a los que le han asegurado que al pasar por la Aduna del país Andino solo le dirán: ¡Bienvenida a Ecuador! Si fuera así, mucho mejor. No es muy buena para mentir y se siente insegura. Ella quiere decirles a todos que el motivo de su viaje es otro.
Cuando nunca imaginó que pasaría nada en su vida apareció David en la carretera buscando una excusa, quien sabe si para subirla al auto o para enredarle su existencia. No cree en las casualidades ni en el destino, pero, su historia es medio rara. A veces no encontraba las mejores palabras para explicarle a la abuela que Raúl era un tonto por estar celoso de David y que entre ella y el hombre no había nada. Al final su abuela tuvo la razón y ella está allí rumbo a un lugar ajeno sintiéndose nerviosa y abrumada.
—Hay miserias que se llevan con uno y que pesan demasiado como para respirar con tranquilidad, —piensa.
Las conversaciones con David se hicieron cada vez más frecuentes. Y después que la abuela murió el hombre se metió en su vida como una sanguijuela solo que no le chupaba la sangre, le estaba regalando una nueva vida, un mundo totalmente diferente. O al menos una promesa. Él está consciente de sus sentimientos, de sus temores.
Decidirse no fue fácil, aun cuando muchos supusieran que actuaba como una más. La muerte de la abuela le dejó un vacío, un desconsuelo irremediable. Comenzó a percibir el mundo a su alrededor de una manera diferente. Entró a una condición de mutismo severa. Los silencios comenzaron a alargarse y solo eran interrumpidos por el ring-ring del celular. Y no es que no hablara con nadie, no es que dejara la escuela, el trabajo. Es que su naturaleza interior cambió sobre todo después de la muerte del abuelo materno. Pocos días después de que enterrara a la abuela.
No había tenido relación con él, casi que no sabía de su existencia. Un día la abuela la llevó a que lo conociera.
—Se va a morir y no vas a conocer a tu abuelo por parte de madre. Ya estás grande, ya es hora de que te diga quién es.
Ella tenía unos trece años de edad. En el camino, todo el tiempo a pie, las sorprendió un aguacero y tuvieron que protegerse de la lluvia en el portalito de la bodega que está en la 31. Siempre recuerda ese día porque llegaron empapadas y sintió frío, un frío intenso y era pleno agosto.
El abuelo, Reutelio María, no se levantó del taburete a saludarla ni a ella ni la abuela y se mantuvo todo el tiempo siguiendo el surco que hacían unas santanillas sobre la mesa de madera. Aplastaba a unas y a otras las agrupaba como si estuviera escogiendo arroz.
Reutelio María tenía sucias las uñas, el pelo descuidado, el desemblante desencajado. Había una hija con él que se quedó boquiabierta cuando la miró.
—Es linda, tu Fernanda es linda. Se parece a Cacha.
Y ya no dijo más. Se apresuró a servir el café que había estado preparando para la visita. Ellas se fueron y a Fernanda le pareció que algo había quedado por decir.
Un año, dos años, poco más de una década. Su graduación. El tiempo que transcurre sin que nadie pueda detenerlo. Un abuelo en alguna parte que no importó casi nada porque jamás hubo lazos entre él y su nieta. Un secreto de familia tan bien guardado hasta pocos días de la muerte de Reutelio María.
Cuca la vecina del frente se encargó de contarle. La historia había pasado de boca en boca en un susurro. Todos la sabían menos ella. El pueblito es pequeño. El más pequeño de Pinar del Rio, en extensión, pero pueblo pequeño infierno grande y las malas o las buenas lenguas sabían la terrible verdad. Su madre había vivido con el abuelo. Su madre, de la que no había un retrato, apenas su rostro. De la que no había una presencia, apenas en sueños había vivido con el padre, con el viejo y decrépito Reutelio María. El abuelo sucio y loco. El abuelo al que practicamente no conoció y ahora venían a decirle.
Lloró y se maldijo. Y entonces fue que aceptó la propuesta tantas veces hecha en los últimos meses:
—Ven a vivir conmigo. Te pago el viaje, será por Ecuador. Mucha gente está viniendo por ahí. No va a pasarte nada y no te vas a arrepentir.
Lo que no entendía bien era por qué el hombre no podía venir y casarse con ella. Por qué tenía que hacer ella este viaje como una paria por todo Centro América. De estar casados hubiera sido solo presentar los papeles en la embajada americana y es muy probable que en menos de seis meses ella hubiera estado volando rumbo a Miami, en cualquiera de los chárter que desde el Sur de la Florida llegan a la capital cubana.
Ahora, le parece que se está repitiendo en ella la historia de la madre, solo que por tierra y siente un vuelco en su estómago.
Cuando salga de Aduanas irá a un hotel. De la manera en que todo ha sido arreglado estará dos días en Quito. Es probable que le dé tiempo para caminar por la ciudad. David le dijo que el Centro histórico es precioso. Él no podrá acompañarla. Tiene que trabajar y cada minuto cuenta para hacer dinero. Eso es lo que le ha dicho siempre. No ha conocido a nadie de la familia de David; y hasta ahora es que repara en ello. Debe ser su nerviosismo, pero de repente siente que de alguna manera David evitó que ella conociera a su gente. La excusa de que estaban lejos, de que no tenían teléfono…, en fin, que lo que hasta hace unas horas le resultó normal en este minuto la inquieta.
Necesita que el vuelo aterrice para llamar a David, necesita hablarle. Su voz la ha acompañado en los últimos meses y ahora necesita hablarle con urgencia. Busca la trenza y recogiéndola en un gesto automático la lleva hacia el frente. Se arrellana contra el respaldar del asiento y recuerda las recomendaciones de David.
Hay un sitio especial que él le pidió que visite: La mitad del Mundo. David, le dijo:
—Tienes dinero, no dejes de ir. Hazte una foto con tus pies sobre la raya amarilla.
Ella se echó a llorar, y él le habló muy suave. Su voz a través de la línea telefónica la calmó:
—No te preocupes todo va a estar bien, pero, no dejes de hacerte esa foto. Quiero que tengamos qué contarle a nuestros hijos y nietos. Además, no quiero que estés tensa. Imagina que estás de paseo. Te mando un beso…
Afuera, la mujer en el horizonte le está hablando. Fernanda se mueve un poco en el asiento. Se retoca la pintura de sus labios y en un gesto inconsciente deja caer el pasaporte dentro del bolso. Siente el respaldar del asiento en su espalda y se refugia en él con los ojos cerrados. Su compañera de viajes le vuelve a preguntar:
- ¿Es tu primera vez? ¿Te sientes bien? — Pero ella no responde. Quiere permanecer a solas con sus pensamientos. Su madre está con ella y necesita entender lo que le habla.

Fernanda, novela original de Lázara Ávila Fernández
Publicado originalmente en Autores Indies
Segunda parte de la novela cubana Llorar no cuesta

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